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Erotismo: una excusa perfecta para huir de las pestes

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El Decamerón: un canto al erotismo

El recurso no es nuevo. En el siglo XIV ya sirvió a Giovanni Boccaccio para establecer un marco narrativo para esa magnífica y eterna colección de cuentos que es, en definitiva, el Decamerón. El recurso argumental es sencillo: la peste asola la ciudad y un grupo de jóvenes, para huir de ella, se refugian en una villa para aislarse del resto del mundo. Allí, para matar el tiempo y aliviar el transcurso de las largas horas, se dedican a contarse cuentos. Muchos de los cuentos que cuentan los personajes huidos y atrapados del Decamerón tienen al amor como principal protagonista. Pero ese amor, el amor del Decamerón, no es un amor platónico. El amor de esta obra ya plenamente renacentista no es el amor de los juglares, sino un amor eminentemente sensual, un amor erótico. No se trata pues, de personajes que se declaran el amor que luego los románticos convertirán en bandera y que Hollywood acabó de grabar en nuestras mentes como imagen del amor verdadero. Los personajes del Decamerón son, más bien, y lejos de todo romanticismo o ñoñez, personas de carne y huesos que, simple y llanamente, quieren hacer el amor.

Con toda la delicadeza formal de la pluma de Boccaccio, el Decameron se convirtió así, y pese a la variedad de temas tratados, en una fantástica recopilación de cuentos eróticos. Por sus páginas aparecen mujeres infieles que, asqueadas de su insatisfacción sexual, buscan en otros lechos lo que no encuentran en el marital; monjes que fornican con incautas feligresas, comerciantes y ancianos rijosos que buscan la carne de las jóvenes para satisfacer sus deseos, y parejas que, entregándose al llamamiento incendiado de la carne, follan como si el mundo fuera a acabarse al día siguiente.

El erotismo del Decamerón ha cautivado a lo largo de la historia a muchos autores que, de un modo u otro, han intentado reinterpretar o adaptar los contenidos y argumentos de sus cuentos. Uno de esos artistas fue el escritor, poeta y director italiano Pier Paolo Pasolini, que se basó en algunas de las historias del citado libro para filmar una de sus más renombradas películas en 1971. Otro, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, que con su novela erótica Fragmentos de amor furtivo recrea el esquema del Decamerón, esta vez con una pareja que se cuenta cuentos eróticos a las afueras de una Medellín azotada por las mafias de la droga.

Los cuentos de la peste

El último autor fascinado por el erotismo del Decameron ha sido el escritor peruano y Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Esto no debe extrañarnos, pues Vargas Llosa ha sido un autor que, de manera puntual, ha prestado especial atención a la literatura erótica y al erotismo, bien sea como lector, bien sea como autor. De hecho, el erotismo, de un modo u otro, ha sido una constante en la narrativa del Premio Nobel peruano, que lo ha calificado en algún artículo como la “desanimalización del amor físico”.

Para Vargas Llosa, el amor físico avanza históricamente desde la mera satisfacción de una pulsión instintiva (el instinto de follar) hacia un quehacer creativo que “prolonga y sublima el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte”. Ese quehacer creativo lleno de rituales y refinamientos sería pues, el erotismo, o su plasmación más concreta. Más que el follar por follar, al autor peruano le interesa el ritual del follar, la elegancia del polvo trabajado, la escenificación elegante del deseo.

Vargas Llosa, que ya escribió narrativa erótica cuando escribió Elogio de la madrastra (novela que narra las relaciones sexuales lúdicas y alegres de Lucrecia y Rigoberto), o Los cuadernos de don Rigoberto (novela que recoge las fantasías eróticas de un directivo de una compañía de seguros), o cuando nos contó las Travesuras de la niña mala (novela con escenas con contenido sexual bastante explícito que consiste, según palabras del mismo autor, en “una exploración del amor desligado de toda la mitología romántica que lo acompaña siempre”); vuelve de nuevo a embrear su literatura de sensualidad y erotismo en Los cuentos de la peste, su última creación, una obra teatral inspirada en el Decameron y que tiene al deseo como protagonista central de la misma.

Editada por Alfaguara, la obra se empezó a representar el pasado 28 de enero en el Teatro Español de Madrid. Como en otros experimentos teatrales recientes, el escritor se sube al escenario y hace de actor y compañero de representación de la bella actriz Aitana Sánchez Gijón. La Sánchez Gijón cumplirá este año los 47 años, una edad que podríamos considerar ya alejada de la frescura de la primera juventud, pero hay una ley no escrita que dice que la que es bella es bella, y la madurez de Aitana Sánchez Gijón no hace sino destacar los rasgos perennes de su belleza. Además, después de todo, ¿quién mejor que una mujer hermosa y maduramente bella para inspirar las páginas literarias más eróticas que un escritor pueda escribir? El poso de los años le sienta bien a los rituales y si el erotismo le debe mucho a la ritualidad, ¿qué mejor ayuda para los mismos que la serena belleza que puede proporcionarle la madurez de la musa que lo inspira? Nada mejor que ese punto de madurez para acabar con los arrebatamientos fogosos de la juventud e imponerle a la sexualidad el ritmo propio del erotismo.

La belleza de Aitana Sánchez Gijón invita al pensamiento lujurioso. Sus desnudos han sido habituales en el cine y en la televisión. Es inevitable mirarla y no tener algún pensamiento lúbrico. La belleza siempre tiene ese efecto. Los admiradores de la belleza femenina recuerdan, con apenas 17 años, a Aitana Sánchez Gijón desnuda en Bajarse al moro, o, ya rozando la treintena, desnudándose en la serie televisiva La Regenta, reflejada en un espejo o mostrándonos su pubis peludo antes de meterse en una bañera en la que recibe un baño lento y un tanto lujurioso por su asistenta mientras la belleza contenida de sus pechos atrae nuestra mirada, que se concentra en esos pezones que, en El laberinto griego, otra de sus películas, Omero Antonutti acaricia lenta y lúbricamente.

Así, la lujuria que puede desprenderse de la visión de Aitana Sánchez Gijón desnuda está ahí, en el texto de Vargas Llosa, palpitando en sus líneas (llega a haber hasta una incitación a la violación en la misma), pero éste, evitando caer en la vulgaridad, con la elegancia del decir, evita lo que podría considerarse pura pornografía para zambullirse de lleno en lo elegantemente erótico.

De momento, Los cuentos de la peste sólo puede contemplarse en el Teatro Español de Madrid. Quizás dentro de algún tiempo pueda verse en alguna ciudad más. Mientras tanto, se puede disfrutar del erotismo y de la calidad de la literatura de Mario Vargas Llosa en la edición que, de Los cuentos de la peste, ha editado Alfaguara. El erotismo, después de todo, es una gran excusa para aislarse de las pestes que nos asolan, que no son pocas.