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Los últimos libertinos

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Cultura y hedonismo

El nombre de cualquiera de estos siete aristócratas franceses debería figurar con letras de oro en la historia del erotismo. Los enunciamos uno tras otro para rendir homenaje a quienes supieron combinar a la perfección una mirada intelectual libre de ataduras y prejuicios y un comportamiento vital sostenido sobre dos pilares: el refinamiento a la hora de intentar conquistar a una mujer y la diversión desenfadada y absolutamente hedonista con la que asociaban todo intento de conquista erótica. Los nombres a los que nos referimos son los siguientes: el duque de Lauzun, el vizconde Joseph-Alexandre de Ségur, el duque de Brissac, el conde de Narbonne, el caballero de Boufflers, el conde Louis-Philippe de Ségur y el conde de Vaudreuil.

Estos siete aristócratas, ninguno de ellos famosos en exceso, son los protagonistas absolutos de Los últimos libertinos, una obra de divulgación histórica escrita por la historiadora italiana Benedetta Craveri (1942) y editada por Siruela.

Benedetta Craveri, autora de obras como La cultura de la conversación, Amantes y reinas, María Antonieta y el escándalo del collar o Madame Du Deffand y su mundo (todas ellas editadas por Siruela) combina a la perfección el rigor académico con un estilo narrativo ágil y ameno que convierte cualquiera de sus obras de divulgación histórica en una auténtica joya. En el caso de Los últimos libertinos, Benedetta Craveri nos relata las aventuras románticas y amorosas vividas por estos siete libertinos que se revelaron en su tiempo (allá por el siglo XVIII francés) como auténticos maestros en el ejercicio de las artes sociales.

Los siete protagonistas de Los últimos libertinos eran hombres que pertenecían a la nobleza, que fueron generales, embajadores o gobernantes y que, amigos entre sí, se revelaron en aquellos tiempos revueltos (los nuevos aires, insuflados también por ellos, sacudían los erosionados cimientos de un debilitado y exhausto Antiguo Régimen) como auténticos maestros en el arte de la seducción.

Si Benedetta Craveri ha elegido a estos siete nobles es porque, pese a no ser excesivamente famosos, dejaron mucha obra escrita. Gracias a esa obra escrita podemos conocer el pensamiento de los libertinos, estos nobles que se educaron en el ambiente de la Enciclopedia y en las obras de autores como Montesquieu o Voltaire. Con ese nombre se conocía a un tipo de persona que se caracterizaba por responder a un mismo patrón de conocimiento. Los libertinos eran hombres cultos, librepensadores, individualistas, elegantes y ambiciosos.

Para los libertinos, el matrimonio era una convención artificial y la vida soñada no era sino una combinación perfecta entre una vida amorosa sin frenos ni límites y una intensa vida política en la que la estrategia, la intriga y la traición estaban a la orden del día. Para los libertinos, el placer carnal (así como el espiritual), es algo más que una forma de vida, es casi un deber social.

Esta concepción vital hizo que el arte de la seducción calara hasta el tuétano aquella sociedad. Aristócratas de toda Europa enviaban a sus retoños a París para que aprendieran las normas de urbanidad y comportamiento en los círculos aristocráticos de la capital francesa.

Críticos con la monarquía

A los libertinos, además, los caracterizaba el mantenimiento de una actitud de crítica contenida respecto a la monarquía de la época. Los libertinos tenían privilegios de clase y disfrutaban de eso, pero lejos de aplaudir el modelo monárquico del Antiguo Régimen, aspiraban a que Francia pudiera disfrutar de una monarquía representativa como la que disfrutaba Inglaterra y a que las ideas liberales se apoderaran de la sociedad. En fechas cercanas a la Revolución Francesa, los libertinos defendían una reforma que cambiara el rostro del régimen y lo convirtiera en otra cosa. En cierto modo, los libertinos combinaban los antiguos valores nobiliarios con las nuevas ideas que la Ilustración había puesto en circulación. Su experiencia como servidores públicos, además, les había permitido conocer de primera mano, en el ejército, en la Administración o en la diplomacia, hasta qué punto la maquinaria monárquica andaba gripada.

El estallido final de la Revolución arrasó con los intentos reformistas de los libertinos, que tuvieron que resignarse a contemplar cómo la radicalidad se apoderaba de la política francesa y la monarquía, por ejemplo, no era reformada, sino que era temporalmente extinguida. La guillotina hizo rodar la cabeza de los monarcas y después la de los políticos, con Robespierre al frente, que habían ordenado la ejecución de Luis XVI y de María Antonieta. El mundo que habían soñado los libertinos de los que habla Benedetta Craveri en su ensayo se volvió una utopía.

Cinco de los siete libertinos que aparecen en Los últimos libertinos, de Benedetta Craveri, tuvieron que exiliarse cuando, tras estallar la Revolución Francesa, llegó la hora del Terror. Otro fue general de Napoleón. El duque de Lauzun, por su parte, mientras esperaba en prisión el momento de su ejecución tuvo uno de esos gestos que retratan a la perfección el carácter y la manera de ser de un hombre: se hizo llevar ostras y vino de Alsacia a prisión e invitó al verdugo a beber. “Con el trabajo que haces”, dijo, “necesitas energía”. A eso, sin duda, se le llama tener clase.