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El postporno: la visualización del sexo diverso

No hace muchos días que destacábamos en nuestro blog las palabras de la pornstar española Amarna Miller sobre su defensa, en las páginas del semanario Intervíu, de un modo diferente de entender el negocio del porno. Miller se rebelaba en sus declaraciones contra la pornografía mainstream y contra su estética de posturas eróticas acrobáticas, orgasmos fingidos, sexo falso y pasión aparente. Uno de nuestros lectores nos apuntó las similitudes de la actitud y de los postulados ideológicos de la actriz Amarna Miller con la de un movimiento cultural y cinematográfico que, a finales de los ochenta, empezó a intentar transformar el mundo del porno o, cuanto menos, a ofrecer una nueva manera de plasmar la sexualidad y la práctica sexual.

El sexo verdadero

Estamos hablando del postporno, un movimiento que pretendía y pretende abrir los límites de la sexualidad y no dejar que los marque y determine la industria pornográfica hegemónica. El gran enemigo de este movimiento, caracterizado no tanto por poseer un programa estructurado como por lucir una inconfundible actitud crítica, es el porno mainstream. A ese porno comercial y mayoritario se le critica, desde las huestes postporno, la mecanización del acto sexual, la transformación de la mujer en objeto y la visible reducción de la visibilidad de las prácticas, de los cuerpos y de la sexualidad específica de cada persona.

Los defensores del postporno no quieren limitarse a enseñar un acto sexual. Quieren abrir la puerta a la visualización de nuestras fantasías eróticas y de nuestros deseos más íntimos. La visualización de nuestra sexualidad y nuestra forma de sentir hace que las representaciones o performances postporno muestren una sexualidad despojada de romanticismo y próxima al animalismo más puro. En ellas, los ruidos reales del sexo, los fluidos y olores y el sudor adquieren un protagonismo capital.

También lo adquiere la verdad esencial del cuerpo humano, que no tiene por qué ser perfecto y que, de hecho, no lo es. Los fotógrafos y cineastas del postporno quieren plasmar las estrías, el sobrepeso, el vello no siempre depilado, la celulitis que esponja la carne. Ahí están las imágenes del fotógrafo holandés Wink Vam Kempen, por ejemplo, para cuestionar críticamente los parámetros desde los cuales se ha representado el sexo o el placer.

La reelaboración de los productos pornográficos desde, en muchas ocasiones, los postulados más radicalmente feministas, hace que estos productos adquieran nuevos matices tanto estilística como ideológicamente. Las producciones domésticas y autogestionadas quieren, en muchos casos, escenificar visualmente las teorías que las sostienen.

Los nombres del postporno

Es ahí, en esa plasmación de ideas, donde surgen los nombres de gente como María Llopis (autora del libro El postporno era eso), Beatriz Preciado (filósofa y autora, entre otros, de los ensayos Manifiesto Contra-sexual, El deseo homosexual o Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en ‘Playboy’ durante la guerra fría), Erika Lust (escritora, guionista, directora y productora de cine erótico sueca) o Virginie Despentes (autora, francesa, de las novelas Fóllame, Perras sabias o Lo bueno de verdad).

María Llopis es, sin duda, uno de los nombres estelares del movimiento postporno. Esta valenciana, Licenciada en Bellas Artes, moviéndose entre soportes como la fotografía, el vídeo y el live art performance, viene desarrollando desde hace años una visión propia y alternativa de la identidad sexual. Con un discurso cercano a prácticas transfeministas o del feminismo pro sex, Llopis ha dirigido numerosos talleres y encuentros sobre la confluencia del arte y el feminismo y ha producido un trabajo que, tal y como se señala en su página web, mariallopis.com, ha sido expuesto en numerosas exposiciones y programas de vídeo tales como Artivistic, Montreal (2009), en el Centro Cultural Montehermoso, Vitoria-Gasteiz (2010), la Galería Volte en Bombay (2010), el Festival Panorama en Rio de Janeiro (2011), el Museo Nacional Reina Sofia (2011), Aubin Gallery en Londres (2012) y el Center for Sex and Culture in San Francisco (2012).

Muestra Marrana

Las producciones postpornográficas encuentran su opción de exhibición en certámenes y encuentros como la Muestra Marrana que, según afirman sus mismos organizadores, son un evento de regularidad difusa que, al menos una vez al año, se celebra en España (principalmente en Barcelona y, ocasionalmente, en Madrid) y en la que suelen reunirse trabajos de creación, principalmente audiovisuales, que registran la sexualidad desde ópticas inusitadas para el orden social imperante.

Siguiendo el ideario postporno, la Muestra Marrana reafirma cada año, con su amplio programa, la diversidad de la conducta sexual en el ámbito de la pornografía. La transexualidad, el lesbianismo más recalcitrante o, por ejemplo, la sexualidad de la tercera edad (tan ausente del porno mainstream) son algunos de los temas de los que suelen ocuparse los creadores postporno.

En los últimos años también ha ido ganando peso, entre los contenidos de los videos presentados en los certámenes, la filmación de actos sexuales de personas con diversidad funcional. El documental Yes, we fuck, firmado por el realizador Raúl de la Morena y por el activista del movimiento de Vida independiente Antonio Centeno, fue pionero en su momento en visualizar el sexo en personas con diversidad funcional para, de ese modo, generar un nuevo imaginario colectivo en el que todas las personas, sin discriminaciones ni prejuicios, puedan disfrutar del sexo. El documental ha servido como punto de arranque de un proyecto que, tejiendo alianzas con otros colectivos que trabajan cuestiones vinculadas al cuerpo y a la sexualidad (transfeminismos, LGBT, queer, intersex, etc) pretende hacer realidad el sueño del movimientos postporno: evitar que la imagen imperante de la sexualidad sea algo tan, a su decir, prefabricado como puede ser el sexo representado en el tradicional cine mainstream.