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Cartas de amor y sexo

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Epistolarios eróticos

En nuestro blog hemos hablado en alguna que otra ocasión de la literatura erótica. Aquí hemos recomendado la lectura de obras como Historia de O, El amante de Lady Chatterley, Delta de Venus o Las edades de Lulú. Aquí hemos hablado también de las obras del Marqués de Sade, de las teorías de Georges Bataille sobre el erotismo y de La pasión de la señorita S, el libro de epístolas elaborado a partir de una colección de cartas eróticas que el diplomático Jean-Ives Berthault encontró en una caja en un inmueble parisino y que daba cuenta del tórrido romance vivido entre una tal Mademoiselle Simone y Charles, un hombre casado más joven que ella, durante la siempre vitalista, sugerente y divertida (en especial en París) década de los veinte.

De esa obra epistolar os hablábamos hace ya un par de años en nuestro artículo “Cartas Eróticas: la versión literaria del dirty talking”. En aquella ocasión centramos nuestra mirada de amantes de todo lo que tenga que ver con lo erótico en esta obra y dejamos de lado muchas otras obras literarias que podrían formar parte de lo que llamaríamos “la epístola erótica”, las “cartas eróticas” o las “cartas de amor y sexo”.

No han sido pocos los escritores y escritoras que, a lo largo de la historia, han dejado entrever su pasión erótica en las cartas que escribían a las que en ese momento eran sus parejas. En este artículo de Girlbcn.tv vamos a realizar un pequeño listado de algunas de esas obras. En cualquiera de ellas el lector podrá encontrar la calidad literaria de un buen o una buena escritor/a y el apasionamiento desaforado y encendido de una persona enamorada o, cuanto menos, encelada.

Cartas de amor y de guerra

Bajo este título se recogen las cartas eróticas que Francis Scott Fitzgerald escribía a Zelda Sayre, bailarina y novelista estadounidense que se convirtió en todo un símbolo de la era del jazz y de los rugientes años veinte y que fue su mujer y compañera en lo que fue una rutilante vida social y una conflictiva y tormentosa vida de pareja.

Zelda fue el gran amor de la vida del autor de El gran Gatsby. Scott Fitzgerald se sirvió de ella para dibujar algunos de sus personajes femeninos más famosos. Su relación, sin embargo, se fue deteriorando con el paso del tiempo. Celoso y dominante, Scott Fitzgerald no quería que Zelda desarrollara su talento como autora o bailarina. El consumo de alcohol, además, hizo estragos en el seno de la pareja. El equilibrio mental de Zelda empezó a resentirse y ésta tuvo que empezar a ser recluida de manera periódica en distintos hospitales psiquiátricos. En ellos era donde Zelda recibía las cartas escritas por Scott Fitzgerald y en uno de ellos, el Hospital Highland, fue donde Zelda murió, a consecuencia de un incendio, en 1948.

Anaïs Nin y Henry Miller. Una pasión literaria

El de Henry Miller es uno de los grandes nombres de la literatura erótica de todos los tiempos. Él se el autor de obras como Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Sexus, Nexus o Plexus, grandes clásicos del género. Miller mantuvo una relación incendiaria y apasionada con la también escritora Anaïs Nin. Nin, autora de Delta de Venus y de su famoso Diario, mantuvo con Miller una relación de alto voltaje mientras éste estaba casado con June Mansfield. Anaïs, desinhibida y sin tabúes, fue amante de marido y mujer al mismo tiempo. De Miller recibió una buena colección de cartas eróticas muy, muy subidas de tono. En ellas, Henry Miller le decía a Anaïs Nin cosas como “quiero que seas mía, follarte, enseñarte cosas”.

Pero Anaïs podía, perfectamente, no sentirse alguien especial por ser destinataria de los desahogos literario-eróticos de Miller. Henry Miller no sólo escribía cartas de amor y sexo a Anaïs Nin. En Querida Brenda. Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus se recogen las epístolas amoroso-eróticas que Miller escribió a Brenda Venus cuando él ya tenía ochenta años y ella era apenas una veinteañera que quería abrirse camino en el mundo del baile y el cine. Se cuenta que Brenda buscó la fama de Miller para darse publicidad. Sea como sea, lo cierto es que Miller, en el ocaso de vida, escribió una serie de cartas desaforadas. En una de ellas puede leerse lo siguiente: “Me gustaría poder escribirte en ruso, en azteca, en armenio y en iraní. Porque eres ilimitada. Eres lo que los griegos llaman “nada en moderación”. Eres Mona, Anaïs, Lisa, tout le monde, todas combinadas. Fuego, aire, tierra, océano, cielo y estrellas”.

Cartas de amor a Nora Barnacle

Nora Barnacle, esposa del escrito James Joyce, recibió también picantes cartas de amor y sexo escritas por su marido. El escritor irlandés, uno de los grandes reformadores de la literatura contemporánea y autor de obras como Ulises, Los muertos, Finnegans Wake, gustaba del trato con prostitutas y era amigo del sexo un tanto agresivo, escribía a la que fue su mujer y madre de sus dos hijos cartas de alto contenido pornográfico. Muchas de esas cartas fueron quemadas por la propia Nora. Ella alegó al hacerlo que, aunque su marido fuese un gran escritor, el contenido de esas cartas no incumbía a nadie más que a ellos. Algunas cartas, sin embargo, escaparon a la quema y fueron publicadas años después de la muerte de quienes la habían escrito o recibido con el título de Cartas de amor a Nora Barnacle. Es en una de esas cartas donde podemos leer las siguientes efusiones eróticas:

“Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.

Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi polla mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso”.

Junto a estas tres expresiones de pasión epistolar podríamos citar también las cartas de amor que Vladimir Nabokov escribió a su esposa Vera (Cartas a Vera), las que el Premio Nobel español Juan Ramón Jiménez escribió a su esposa, Zenobia Camprubí (Monumento de amor. Epistolario y lira) o las que la escritora gallega Emilia Pardo Bazán escribió al también escritor Benito Pérez Galdós (Miquiño mío: cartas a Galdós), con quien vivió una apasionada relación amorosa.