No hace falta conocer demasiado la historia del arte para saber que hay artistas que no han podido gozar del reconocimiento de la crítica o el público hasta después de haber fallecido. Quizás el caso más prototípico de todos ellos sea el de Vincent Van Gogh. Que sus cuadros se coticen hoy en algunas subastas entre los más caros del mundo contrasta profundamente con las precarias condiciones en las que, en muchas fases de su vida, tuvo que vivir el pintor holandés. Junto a Van Gogh podemos destacar una serie de pintores, hoy mundialmente reconocidos, que sin embargo tuvieron que padecer, en algún momento del devenir de la historia, es injusto castigo del desconocimiento, en algunos casos, y del olvido en otros. Vermeer fue olvidado durante casi dos siglos. Monet fue duramente criticado en su tiempo. Gauguin fue ridiculizado en una exposición londinense. Frida Kahlo fue, para mucha gente, solo la esposa de Diego Rivera.

Junto al de los nombres de todos estos pintores mundialmente reconocidos y valorados (¿sería la pintura hoy tal y como es sin la influencia en ella de autores como Van Gogh o Monet?), queremos destacar hoy el de un pintor, Octave Tassaert, nacido en 1800 en París y fallecido en 1874 en la capital francesa, que fue duramente criticado en su tiempo por la temática de muchas de sus obras y que hoy es un autor reconocido dentro del género de la pintura erótica.

Autor de grabados y litografías en las que se representaban escenas históricas y retratos y que le servían para satisfacer sus necesidades económicas, Octave Tassaert fue, durante toda gran parte de su vida, un hombre atormentado. Nacido en el seno de una familia de artistas, Octave Tassaert (cuyo nombre completo era Nicolas-François Octave Tassaert) sufrió la decepción de no ser galardonado ni con el Prix de Rome ni con la Légion d’honneur, lo que él consideraba una absoluta injusticia y lo que le llevó, progresivamente, a alejarse de los círculos artísticos parisinos. Esos mismos círculos artísticos criticaron una obra que consideraban, en cierto modo, demasiado obscena.

Dentro de la obra erótica de Octave Tassaert, seguramente el cuadro más criticado por provocador y obsceno fue La Femme Damnée (La mujer condenada), una obra de 1859. En esa pintura se muestra una mujer desnuda, supuestamente Venus, que es besada por tres figuras en pecho, boca y vulva. ¿Qué figuras son ésas que la besan? No se sabe exactamente, pues las imágenes pintadas en este caso por Octave Tassaert son tan ambiguas que no se sabe bien si esas tres figuras corresponden a tres hombres o a tres mujeres. Hay muchos autores que abogan por esta segunda respuesta y, al hacerlo, resaltan algo que no hay que obviar: que el lesbianismo era considerado en aquella época algo absolutamente escandaloso.

Otra de las interpretaciones que se da a La Femme Damnée de Octave Tassaert , más escandalosa si cabe que la anterior, es que esos tres personajes que besan a la mujer en esos tres lugares tan sensibles de su anatomía podrían ser tenidos por personajes asexuados, seres andróginos como, por ejemplo, podrían serlo los ángeles. Aceptando esta interpretación del cuadro, lo que Octave Tassaert estaría plasmando en cierto modo es la relación existente entre el éxtasis místico y el éxtasis sexual, una relación que podía resultar cuanto menos incómoda para la sociedad burguesa parisina de mediados del siglo XIX.

La obra de Octave Tassaert, tan criticada en su momento, fue después muy valorada por autores como Van Gogh o Gauguin. Y es que es una constante en la historia del arte que los «malditos» se atraigan y valoren entre ellos. Y Tassaert, qué duda cabe, fue un «maldito» o, lo que viene a ser lo mismo, un inadaptado a las normas sociales de su tiempo. Por eso (y porque fue perdiendo dramáticamente la vista) Tassaert fue alejándose poco a poco de un mundillo al que, por otro lado y por herencia familiar, parecía predestinado. Ese mundillo era el mundillo del arte, un universo en el que abundaban los trepas y los farsantes y en el que los embaucadores estaban a la orden del día. Hundido en el alcoholismo, desencantado del mundo, Octave Tassaert se suicidó en su modesta casa. Tras de sí dejaba una obra inmortal, La Femme Damnée, y una serie de pinturas de inspiración erótica que aún hoy siguen haciendo las delicias de quien las contempla.

Una de esas pinturas, Le chat jaloux (El gato celoso), pintada en 1860, tres años antes de que Octave Tassaert vendiera todos los cuadros que quedaban en su taller y abandonara la pintura, oscila entre el erotismo y el humor. En él se muestra a un hombre que es arañado en las nalgas por un gato mientras practica sexo con una mujer. La mujer está tumbada en una cama y el hombre, de pie, con los pantalones bajados hasta las rodillas, exhibe sus nalgas, en las que un gato clava sus garras.

Menos humorístico y más explícitamente erótico es el cuadro La amante cautelosa, fechado también en 1860. En este cuadro, un hombre tumbado boca arriba muestra su pene en completa erección. Sobre él, un mujer sentada a horcajadas y exhibiendo el pubis, prepara un preservativo de la época para colocárselo al amante.

Muy explícito resulta también, dentro de la obra de Tassaert, un cuadro sin título en el que un hombre penetra analmente a una mujer. En este cuadro, como en otros cuadros eróticos de Octave Tassaert, hombres y mujeres parecen sorprendidos en un arrebato, en un aquí te pillo y aquí te mato, ya que en todos ellos las ropas están a medio quitar. Tassaert, en este sentido y en estos cuadros, parece algo así como un documentalista que fuera fotografiando ese instante en que la pasión se desborda y en el que las personas arrastradas por ella no atienden a esperas.

En otras pinturas eróticas suyas, Tassaert se muestra más alegórico y menos explícito sexualmente. En esos cuadros, Tassaert puede mostrar desde las tentaciones lujuriosas que acechan a San Hilarión, hasta escenas de arrobamiento entre Pigmalión y Galatea, pasando por imágenes en las que, por ejemplo, Tassaert intenta contrastar la espiritualidad del Cielo con la carnalidad del Infierno.

Os dejamos aquí unas cuantas imágenes de las obras de Octave Tassaert para que podáis conocer, aunque sea aproximativamente, la aportación de este pintor francés del siglo XIX a la historia del arte erótico.