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Miley Cyrus: en cualquier movimiento, provocación

El vicio oculto de Hannah Montana

Dinos, por favor, cómo hacerlo, provocadora y perversa Miley Cyrus. Dinos cómo no sentirnos repentinamente sucios cuando entramos en la habitación de nuestra hija y vemos los viejos pósters, las mochilas que un día cargaron con sus libros, los estuches llenos de lápices de colores una y otra vez afilados, las muñecas, las carpetas… Te reproducen una y otra vez esos objetos y, reproduciéndote, nos devuelven al tiempo en que todos nosotros te conocíamos por otro nombre y tú eras un fenómeno de masas, el ídolo de tantas y tantas niñas y tantas preadolescentes que soñaban con ser cantantes. Las tiendas de juguetes y de objetos de merchandising reproducían una y otra vez tu imagen y aquellas dos palabras que aparecían reproducidas en todos ellos: Hannah Montana.

Aquellas dos palabras siguen clavándose en nuestra memoria y son ellas las que nos hacen sentirnos sucios cuando vemos tus fotografías, tus poses, tus desplantes, tu lengua mostrada una y mil veces, tu actitud libérrima y desenfadada, libre de tapujos y vergüenzas, un poco barriobajera y provocadora hasta lo soez, y sentimos cómo algo dentro de nosotros se enciende, Miley Cyrus, cómo nos provoca y excita y nos hace mirarte como se mira aquello que produce un morbo que, como todo morbo que se precie, ronda lo prohibido.

Imaginamos a Miley Cyrus desnuda, imaginamos a Miley Cyrus follando, imaginamos a Miley Cyrus abierta de piernas sólo para nosotros, ofreciéndonos la delicia húmeda y concupiscente de sus 23 años todavía sin cumplir, y soñamos volvernos de goma para amoldarnos a esa flexibilidad tuya que nos tortura desde las páginas de las revistas y desde los escenarios. Subes a ellos cabalgando inmensos penes de plástico, Miley Cyrus. Nos miras a los ojos mientras llevas tu mano a ese espacio prohibido y soñado en el que se encuentran tus muslos musculados. Nos sonríes procaz como una lolita emputecida y golfa. Nos muestras tu lengua larga y hábil de cantante y, justo cuando nosotros, Miley Cyrus, ya empezamos a soñar con esa lengua recorriendo la hinchazón endurecida de nuestra masculinidad, es tu dedo corazón el que nos dice que no, que vayamos a paseo, que no estás hecha para nosotros.

¿Cuánto de desprecio hacia quien fuiste un día hay en esa peineta que tu dedo ejecuta para nosotros, Miley Cyrus? ¿Tan harta acabaste del ídolo de masas que representaste durante cuatro temporadas televisivas en Disney Channel y alguna que otra película y vídeo-clip? Se calcula que en 2008 contemplaban la serie, a nivel planetario, unos doscientos millones de espectadores, entre ellos, muchas niñas que querían ser tú, muchas niñas que querían ser Hannah Montana. Pero tú, Miley Cyrus, querías ser algo más que Hannah Montana, ¿verdad? ¿Por eso optaste por el camino drástico de convertirte en símbolo de la provocación erótica juvenil? Quizás tienes razón y la mejor manera de borrar el recuerdo de Hanna Montana de tu memoria y la nuestra haya sido la de mostrarte como ahora te muestras: fragmentaria, desnuda y reiteradamente.

Hoy nos acercamos al quiosco de la esquina y, en la portada de una revista, encontramos las tetas de Miley Cyrus. Mañana será el culo de Miley Cyrus el que reclame nuestra mirada lúbrica y nuestro pensamiento sucio desde algún diario digital. Ya no hay estuches con lápices de colores y rotuladores Carioca con el rostro de Miley Cyrus. Ya no hay mochilas en las que encontrar la sonrisa carnosa y la dulce mirada de Hannah Montana. Nuestras hijas andan ya en otras cosas. ¿En qué? Mejor no pensar demasiado en ello. Después de todo, ellas son coetáneas de Miley Cyrus y ese hecho hace que nuestra mirada lúbrica hacia la cantante y actriz norteamericana se nos vuelva de pronto un tanto turbia, y, ¿por qué no decirlo?, también incestuosa. Seguramente debe existir algún hombre en algún lugar de la ciudad que, al cruzarse con nuestra hija, la mire como nosotros miramos a Miley Cyrus. Eso nos perturba. Eso nos crea un conflicto moral. Pero el deseo sabe poco de moralidades. El deseo sabe del morbo y el morbo que desprende Miley Cyrus es demasiado fuerte como para sustraernos a su influjo.

Atormentados por un malsano sentimiento de suciedad, nos planteamos cómo conjurar el deseo que brota en nosotros cuando imaginamos a Miley Cyrus desnuda, a Miley Cyrus follando, y nos contestamos que la mejor manera de conjurar el deseo es satisfaciéndolo. Pero Miley Cyrus está lejos de nosotros. Nos ha dejado su provocación, ha encendido nuestro deseo, y se ha marchado rápida y veloz como acostumbran a marchar las mejores estrellas, aquéllas que atesoran gran parte de su belleza en su fugacidad. Y a nosotros, como humanos que somos, la fugacidad nos desespera. Necesitamos anclarnos a algo que permanezca, a algo que nos fije al territorio paradisíaco y gozoso del placer. ¿Y qué territorio más paradisíaco podemos encontrar que el cuerpo de una mujer bella? La podemos buscar jovencita, de la edad de Miley Cyrus, en el amplio catálogo de prostitutas de lujo de esta página. Cuando la encontremos y nos abandonemos a su compás de caricias, perderemos esa sensación de suciedad que antes nos embargaba y nos reconciliaremos con nuestro propio deseo. Después de todo, él es el que nos hace en verdad humanos.

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