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El erotismo de Egon Schiele, rehabilitado en Viena

Degenerado y pornógrafo

De degenerado y pornógrafo fue acusado el pintor austríaco Egon Schiele (1890-1918) a inicios del siglo pasado. Fallecido a la temprana edad de 28 años a consecuencia de la gripe, Schiele dejó tras de sí una extensa obra. Se habla de trescientas cuarenta pinturas y de más de dos mil quinientos dibujos y acuarelas. Inscrito dentro de la corriente pictórica a la que se llamó “expresionismo autríaco”, la pintura de Egon Schiele se caracterizó por la firmeza del trazo, la destreza como dibujante de su autor y el contenido profundamente “amoral” de la misma. Tanto impactó el erotismo de Egon Schiele en su tiempo que el pintor, acusado, entre otras cosas, de pornógrafo, tuvo que pasar tres semanas en prisión. Y es que Schiele, “el hombre que amaba las vaginas” (tal y como lo ha descrito un crítico de arte), no entendía de tabúes. Schiele pintaba a mujeres masturbándose. Schiele pintaba a mujeres menstruando. Schiele convirtió su propio cuerpo (realizó múltiples autorretratos) en materia provocativa y turbadora.

El erotismo de Egon Schiele, que tuvo que enfrentarse a la censura hace ya más de un siglo, sigue batallando con ella en estos tiempos en los que parece que una cierta moralina pretende coartar la expresión pública de ciertas formas de erotismo. Al menos eso es lo que ha sucedido en Gran Bretaña y en Alemania, donde carteles con obras de Egon Schiele han sido censurados. En ambos casos no se ha considerado adecuado y sí “turbadora” la exhibición pública de genitales que caracteriza algunas obras de Schiele. Esas obras, expuestas en carteles que servían para celebrar los cien años del modernismo vienés y publicitar las exposiciones que se celebrarán durante este año en Viena, presentaban una banda impresa que, al tiempo que tapaba los polémicos y “turbadores” genitales, proclamaba “Lo siento, 100 años pero demasiado atrevido para hoy”.

Egon Schiele fue un artista precoz. Con sólo 16 años ya pudo ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena, la misma que rechazó en dos ocasiones a un aprendiz de pintor que estaba llamado a cambiar, para desgracia del género humano, la historia universal: Adolf Hitler. Schiele entró en la Academia en 1906; Hitler fue rechazado por vez primera en 1907.

Egon Schiele encontró rápidamente un mentor de renombre en el mundo del arte. Ese mentor fue el también pintor austríaco Gustav Klimt. Klimt le presentó a Schiele algunos mecenas que, en mayor o menor medida, le garantizaron la estabilidad económica necesaria para realizar su obra, y dejó en él una huella artística que había de servir para caracterizar la obra de Schiele: el uso de líneas gruesas para acentuar el dibujo, en especial cuando quería representarse el cuerpo desnudo.

La relación de Schiele con el academicismo formal de la institución duró sólo cuatro años. Revolucionario en las formas y en el fondo, Egon Schiele rompió con la academia en 1910 para convertirse en uno de los grandes exploradores artísticos de la modernidad en un tiempo en el que los cambios sociales se sucedían a un ritmo frenético y en el que la sociedad entera estaba en ebullición. Especialistas en la obra de Schiele hablan de que éste como de un autor que desea mostrar un “yo”, una “existencia” que busca una manera de comunicar “sus sensaciones, ideas y sufrimientos”. En cierto modo, lo que Egon Schiele busca con su pintura es mostrar al mundo exterior un mundo interior determinado.

Junto al uso de la línea gruesa para, con ella, acentuar el dibujo, la pintura de Egon Schiele destaca por el uso no naturalista del color. El color, en la pintura de Schiele, adquiere un valor autónomo que tiene más que ver con la introspección psicológica que cada obra plantea que con el color que, de manera natural, correspondería a lo representado. Los colores más presentes en la obra pictórica de Egon Schiele son el rojo, el marrón oscuro, el negro y el amarillo pálido. Manos retorcidas y ojos desorbitados caracterizan también a los protagonistas de los cuadros de Schiele que son hombres desnudos, adolescentes desnudas, niños desnudos, lesbianas, heterosexuales, él mismo mostrando sus genitales colgando…

En los desnudos pintados por Egon Schiele hay un algo (o un mucho) de provocación. Schiele provocaba a la burguesía y retrataba su connatural falsedad, su hipocresía. Schiele, sintiéndose artista, se sentía acosado por quienes no eran otra cosa que “filisteos”. Estos “filisteos” le acusaron, entre otras cosas, de abusar de menores. No en vano, eran muchos los que pasaban por su casa y eran retratados por Schiele, desnudos y adoptando posturas inequívocamente eróticas.

El erotismo de Schiele es un erotismo desprovisto de felicidad. La sexualidad que pinta Schiele es una sexualidad descarnada. Los cuerpos desnudos de Schiele no suelen transmitir alegría, no transmiten gozo. En la postura de las chicas retratadas por el pintor austríaco (posturas a menudo extravagantes y extrañas) hay siempre un algo de impúdico, un algo de exhibicionismo que no acaba de cuadrar con la sensación de placer.

Amor y desamor con Wally

Un año después de romper con la Academia, Egon Schiele conoció a una joven de 17 años, Wally Neuzil. Wally se convertiría no sólo en la pareja sentimental de Schiele, también sería la modelo de alguna de sus mejores obras. La edad de su amante ocasionó a Schiele más de un problema. Lejos de Viena, tuvieron que enfrentarse a la maledicencia de la gente. El contenido de sus pinturas, combinado con la joven edad de su amante, convertían a Egon Schiele en la diana perfecta para los moralistas de una sociedad que se negaba a aceptar su propuesta artística y su modus vivendi.

De regreso a Viena, Egon Schiele, acompañado de Wally, conoció a las hermanas Edith y Adele Harms. Éstas eran de extracción burguesa y Schiele, buscando quizás una cierta estabilidad económica, cortejó a ambas. Finalmente, Schiele se casó con Edith en 1915. Wally, dolida, no quiso plegarse a las normas del “juego” que le proponía el pintor: una vez al año, le propuso éste, harían juntos un “viaje de recreo”. Wally se apuntó a la Cruz Roja para trabajar como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Schiele, privilegiado por su condición de artista, se libró de marchar al frente. Wally falleció en 1917. Un año después lo hicieron Edith (embarazada) y Schiele con tres días de diferencia. El pintor austríaco y su mujer fueron dos víctimas más entre las más de veinte millones de personas que fallecieron en Europa en 1918 a consecuencia de la pandemia de gripe.

Para contemplar la obra pictórica de Egon Schiele nada mejor que desplazarse a Viena y, concretamente, al Museo Leopold. Este museo tiene incluso un Centro de Documentación para estudiar la obra de Schiele. La exposición del centenario de la muerte de Schiele exhibe un total de 125 obras procedentes de los fondos del propio museo y de la colección privada de la familia Leopold. Entre estas obras se pueden encontrar óleos, acuarelas, dibujos, gouaches, fotografías, cartas y poemas.

La obra de Egon Schiele sigue viva y presente en la de artistas que, como Günter Brus y Thomas Palme, han seguido la estela artística marcada por el pintor austríaco.