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Charlize Theron, ¿ángel o demonio?

Charlize Theron desnuda

Hay luminosidades que esconden fondos oscuros. La del mar, por ejemplo. Miramos la superficie del mar en calma y, al contemplarlo resplandeciente, olvidamos lo que ese mar encierra en su interior: peces de mirada bovina, tiburones con el hambre afilándoles la dentadura, tesoros por descubrir, barcos hundidos y cadáveres olvidados de guerras y naufragios. Junto al jarrón etrusco que duerme su sueño sobre el lecho arenoso y profundo dormita el brazo arrancado a Cervantes en la batalla de Argel y los denarios llenos de líquenes de un viejo barco romano comparten su ataúd con el último náufrago de una patera hundida. Todo eso puede esconder una superficie deslumbrante como los del mar.

Tus ojos, Charlize Theron, también son deslumbrantes. E incluso tienen en su brillo un poco de ese fulgor que nos enternece en los niños. Los miramos y nos preguntamos qué fondos oscuros esconde esa luminosidad que tus ojos regalan. Sabemos de tu infancia, y por eso nos hacemos esa pregunta. Sabemos de tu padre alcohólico y violento y de tu madre que un día, por defenderte y defenderse, lo asesinó de un tiro. La absolución fue, seguramente, justa, pero nosotros no podemos dejar de preguntarnos qué quedó en ti de todo aquello, Charlize Theron.

Quizás quedó por siempre y para siempre un rencor absoluto ante todo lo masculino, Charlize Theron. O quizás no. Quizás lo único que quedó fue una especie de inseguridad, una necesidad absoluta de afecto, un estar esperando en todo momento que te mimen y cuiden, que te traten como tu padre no supo tratarte.

A nosotros nos gusta creer en esta última opción. Te vemos, Charlize Theron, bella y espectacular, poderosa y hermosa, y nos decimos que sería fantástico convertirte en la receptora de nuestros mejores mimos. Nosotros haríamos acopio de toda nuestra capacidad de ternura y la volcaríamos en cada una de nuestras caricias. En cada una de ella dejaríamos la marca de nuestra admiración hacia tu belleza y cada una de ellas nos serviría para acercarnos poco a poco al momento soñado, al instante que precede a toda gloria y que en nuestro caso sería aquél en el que tú, por fin confiada, por fin olvidada de todo rencor hacia lo masculino, dejaras caer todas tus barreras y nos dejaras acercarnos íntima y completamente a ti.

Sería entonces, Charlize Theron, llegado ese momento de confianza recuperada en el género masculino, cuando nuestras manos, con el mayor de los respetos y lentamente, disimulando la avidez, te irían desprendiendo de todas esas ropas que habitual y tan seductoramente te cubren para descubrir así a esa Charlize que tanto hemos ansiado y con la que tanto hemos soñado: la Charlize Theron desnuda que un día nos dejó con la boca abierta al mostrarse espectacular y completamente en cueros, con un pubis seductoramente recortado y oscuro, en el interior de una iglesia, llena de llagas, en esa demoníaca película que fue Pactar con el diablo.

Hemos soñado con esa Charlize siempre que te hemos visto, y ni siquiera aquella imagen abotargada y sucia, machorra y enloquecida que mostraste en Monster sirvió para alejar de nosotros la imagen de tu escultural belleza. Esa película te valió el Oscar a la Mejor Actriz por tu interpretación del personaje de Aileen Wuornos, una prostituta que se convirtió en asesina en serie y que asesinó a siete hombres. Esa película sirvió para que se te valorara más allá de tu físico y se premiara en su justa medida tu capacidad interpretativa.

Pensamos en eso, en tu capacidad interpretativa, y de nuevo nos vuelven las dudas sobre lo que esconden tus ojos. Quizás esa inseguridad que hemos soñado sea falsa. Quizás sea falsa esa desconfianza, Charlize Theron. Quizás esa capacidad interpretativa te sirve para ocultar que lo que buscas no es un hombre en quien confiar, Charlize, sino un incauto en quien vengarte de aquella infancia que no fue, ni mucho menos, de vino y rosas. Sondeamos esta posibilidad y nos sentimos extrañamente excitados al imaginarte no mujer sumisa y agradecida, sino Ama vengativa. Te soñamos encuerada, con un látigo en la mano, dominatrix absoluta de una fantasía en la que nos arrodillamos ante ti y te besamos los pies, mientras tú, desde una imponente estatura, nos conviertes en tus perritos falderos, tus rendidos sumisos, tus esclavos.

Nos recreamos en este imaginar veleidoso y cambiante y no sabemos si nos excita más, Charlize Theron, imaginarte tierna y apocada, insegura y frágil, o el soñarte vengativa e inmisericorde, Dómina y fetish. Elegimos finalmente esta segunda opción (¿cómo no hacerlo después de verte caminar, poderosa y seductora, en los anuncios de Dior, convertida en una diosa dorada?) y nos recreamos en una imagen una y mil veces: nosotros atados y desnudos, absolutamente inmovilizados por una elegante atadura bondage, sometidos a las enloquecedoras mortificaciones de tus métodos de tortura, a esa caricia tuya que nos eriza la piel, a esos labios que se posan en nuestros pezones y en otras partes no menos sensibles pero que, extrañamente pudorosos, nos negamos a nombrar, a esa mirada tuya que se clava en nosotros como un interrogante y que nos deja entregados de nuevo a esa pregunta para la que no hayamos respuesta: ¿quién ha sido ese ángel de mirada azulada que nos ha visitado?, ¿era un ángel o era un demonio? Dinos, Charlize Theron, ¿cuál de esos dos seres eres tú?

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