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Bettina Rheims o la fotografía erótica como provocación

La belleza de lo imperfecto

El mundo del arte está lleno de vocaciones tardías. La de Bettina Rheims podría entenderse como una de ellas. ¿Quién iba a decirle, cuando tenía 25 años, que iba a convertirse en una de las más reputadas fotógrafas eróticas del mundo? Sería un año después, cuando entrara en contacto con una serie de strippers y de acróbatas, cuando Bettina Rheims descubriera su pasión por la fotografía. Hasta entonces había sido modelo, periodista y había gestionado una galería de arte.

La gestión de una galería de arte podía parecer, a priori, el destino laboral natural de quien había nacido en el seno de una familia de clase alta parisina. Hija de un académico y comisario de arte francés, Bettina Rheims consiguió en pocos años convertirse en una afamada fotógrafa erótica con un estilo bien reconocible y muy personal.

Las fotografías eróticas de Bettina Rheims, que se ha calificado a sí misma como una “fotógrafa de la piel”, destacan por su profunda elaboración y por los colores intensos y saturados que, en ocasiones, contrastan con las pálidas pieles de las modelos fotografiadas. La elaboración de sus fotografías eróticas, ese cuidar hasta el último detalle de la pose y la manera de vestir de las mujeres fotografiadas (el cuerpo de la mujer es el gran protagonista de la fotografía de Bettina Rheims), recuerdan a la fotografía de Helmut Newton. En las imágenes de Bettina Rheims, sin embargo, las mujeres adquieren una actitud más provocativa y osada. En la fotografía erótica de Bettina Rheims se observa una intención provocadora que va más allá del frío aunque bello e innegablemente erótico esteticismo de Newton.

Pubis velludos, mujeres que posan impúdicamente con las piernas abiertas, modelos que bailan sobre la cuerda de lo transgénero y la androginia (sobre todo en sus obras Modern Lovers, Les Espionnes, Kim y Gender Studies), atmósferas de cuarto de hotel… cualquiera de estos ítems pueden observarse en las creaciones de una fotógrafa que, junto a su dedicación a la publicidad (ha firmado obras para Chanel o Lancôme, por ejemplo) o al retrato más convencional (Bettina Rheims ha fotografiado a mujeres como Catherine Deneuve, Charlotte Rampling, Monica Bellucci o Milla Jovovich y a hombres como el presidente de la República Jacques Chirac), ha ofrecido de la mujer una imagen de ser disfrutando con seguridad de su propio placer y de su sexualidad que ha ayudado a romper con un estereotipo de lo femenino atado a la idea de la pasividad sexual. La mujer fotografiada por Bettina Rheims es una mujer que se muestra impúdica y provocadora, que pide marcha, que quiere y sabe disfrutar, que está reconciliada con su cuerpo y con el placer que, gracias a él y a través de él, puede obtener.

Esto se hace especialmente visible en obras como Chambre Close, una de las creaciones que Bettina Rheims realizó en colaboración con su marido, el escritor Serge Bramly. En esta obra, Bettina Rheims realiza una parodia de las primeras fotografías porno y se sirve de modelos amateurs para ello. Junto a él, también, firmó la polémica I.N.R.I. En esta obra, Rheims realiza una lectura de la vida de Jesús llevada a la modernidad y, en algunos casos, sustituyendo la figura mesiánica masculina por la de una mujer.

Junto a éstas, hay una obra que adquiere especial relevancia en el currículum artístico de Bettina Rheims. Esa obra es The Book of Olga. La protagonista de esta excepcional obra de fotografía erótica es Olga Rodionov. Mujer de Sergei Rodionov, un multimillonario ruso, fue éste quien, embelesado por la belleza de su mujer, encargó a la fotógrafa francesa una serie de retratos de su bella esposa. El resultado de las fotografías, realizadas en el estudio de Bettina Rheims, satisfizo tanto las expectativas del multimillonario ruso que sugirió la posibilidad de realizar un libro. Bettina Rheims, que quedó maravillada por la belleza de la Rodionov, realizó una sesión fotográfica en blanco y negro de inspiración sadomasoquista con la modelo acompañada de una serie de hombres. La figura de María Antonieta sirvió de inspiración para realizar una tercera sesión fotográfica cuyos frutos se añadirían a las de las dos anteriores hasta sumar más de cien imágenes que, acompañadas por un texto de Catherine Millet, se convertiría en uno de los mayores éxitos artísticos de Bettina Rheims.

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