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Ana de Armas: la sirena que llegó del Caribe

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La chica de “El internado”

Hay muchas series de televisión que merecen ser recordadas. Los motivos para ello pueden ser muy diversos y personales. Hay personas que recuerdan una serie televisiva por el impacto que causó en ellas el argumento de la misma o una determinada escena. Otras recuerdan una determinada serie por la música. Hay fanáticos de la música de los “intros” de las series de televisión que compiten entre ellos tarareando o silbando los temas de El príncipe de Bel-Air, El equipo A, Verano azul, Los vigilantes de la playa o Curro Jiménez.

A nosotros, personalmente, nos gusta recordar las series de televisión por su elenco de actrices. Así, en nuestra memoria ya no juvenil perviven todavía las imágenes de tres detectives femeninas que, a las órdenes de un invisible Charlie, resolvían robos, secuestros y asesinatos de todo tipo. Para nosotros, Kate Jackson, Farrah Fawcett y Jaclyn Smith permanecerán por siempre en nuestra memoria como tres ángeles que nos hacían soñar con un cielo lleno de bellas mujeres cuando apenas sabíamos todo lo que se podía hacer con esas mujeres o lo que esas mujeres podían hacer con nosotros. No importa que hayan transcurrido muchos años desde aquellos lejanos tiempos de nuestra infancia. Aquellas tres bellas mujeres (Sabrina, Jill y Kelly) perviven en nuestra memoria como las primeras de un catálogo de bellezas que, desde entonces, no ha hecho sino hacerse cada vez más amplio.

No vamos a caer en la tentación de hacer un exhaustivo listado de todas esas mujeres. Nos limitaremos a hablar, por ejemplo, de la exuberancia de la Pamela Anderson de Los vigilantes de la playa, de la belleza casi viperina de la Olivia Wilde de Dr. House, del desparpajo latino de la Eva Longoria de Mujeres desesperadas, de la belleza casera y casi matrimonial de la Stana Katic de Castle o del morbo juvenil de la Elsa Pataky de Al salir de clase.

Todas las series citadas permanecen en los altares de nuestras “series descubridoras de bellezas femeninas”. En esos altares hay un espacio reservado para El internado, la serie televisiva española producida por Globomedia y estrenada en mayo del 2007. La serie cosechó un gran éxito durante todo el tiempo que estuvo en antena (el último capítulo se emitió en octubre del 2010) pero en nuestra memoria perdurará por siempre por habernos descubierto a dos bellas mujeres que entonces apenas acababan de salir de la adolescencia. De una de ellas, Blanca Suárez, ya hemos hablado en este espacio dedicado a las bellas mujeres que nos han deslumbrado/excitado desde el celuloide, la pasarela o desde las páginas de las revistas. De la otra bella mujer a la que conocimos gracias a la serie televisiva El internado, Ana de Armas, vamos a hablar hoy.

De Cuba a Los Ángeles pasando por Madrid

Nacida en La Habana, Ana de Armas no tardó en dar el salto a Europa. Si con 14 años entraba en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, con apenas 18 fue ya elegida en un casting para formar parte del elenco de actores de El internado. Fue ahí donde la conocimos y fue ahí donde nos prendó.

No vamos a negar que a ello ayudó, en gran medida, un componente eminentemente fetichista. El uniforme de alumna del internado puesto sobre el cuerpo espigado de una guapa joven de dieciocho años alentaba los pensamientos más turbios. Aquella faldita tableteada de tonos verdosos que apenas cubría medio muslo espoleaba nuestra libido y la echaba a cabalgar por terrenos que peligrosamente lindaban con lo innombrable. Ana de Armas, vestida con aquel uniforme de interna de familia acomodada, se convertía en nuestra Lolita de andar por casa.

De Ana de Armas nos rinde el brillo encandilador de sus maravillosos ojos verdes, la mullida carnosidad de sus labios, la esplendorosa luminosidad de su sonrisa y la belleza turgente de sus pechos. Hablar de los pechos de Ana de Armas es hablar, por ejemplo, de aquel instante en que los vimos, esplendorosos y enjabonados, en una escena de Knock Knock. Fue ver aquel monumento a la feminidad y desear de inmediato el convertirnos en el chorro de agua tibia que los enjuagase o en las gotas que los recorrieran lamiendo lentamente la erizada insubordinación de sus pezones.

Las tetas de Ana de Armas han deslumbrado en Una rosa de Francia (cuando apenas contaba con dieciséis años), en Mentiras y gordas (qué calientes nos puso contemplar la ducha de Ana de Armas junto a Hugo Silva), en Hans of Stone y, como ya hemos citado, en Knock Knock. Fue en esta película donde conseguimos contemplar a Ana de Armas no ya como a la víctima estudiantil de un contubernio nazi, sino como a un pequeño demonio tentador e irresistible. Fue en esta película donde Hollywood (que se enamoró a primer golpe de vista de la actriz cubana) ofreció a Ana de Armas la oportunidad de comportarse como una tentadora mujer que debía utilizar todos sus encantos para “perturbar” a Keanu Reeves y arruinar su vida. Fue al contemplar esa película cuando comprendimos que tras la apariencia angelical de Ana de Armas podía ocultarse una mujer demoníaca capaz de arrastrarnos al centro mismo de un torbellino de pasiones, todas esas desatadas, todas ellas lujuriosas.

Y Venus cobró vida

Ana de Armas, camaleónica, puede ser la pareja perfecta para acudir a una cena y sentirnos los hombres más envidiados de la misma. La belleza de Ana de Armas es una belleza que bebe de lo clásico. Cualquier escultor hubiera tomado a Ana de Armas como modelo perfecta para esculpir una maravillosa estatua clásica que iluminara con su belleza cualquier rincón del Louvre. De haberla conocido, seguramente Botticelli se habría inspirado en el rostro de Ana de Armas para dar unas facciones a su Primavera. Y es que en la belleza de Ana de Armas, y pese a los 29 años (casi 30) que ya tiene esta bella actriz cubana, hay aún un algo de primaveral, un algo de mundo que se está inaugurando, un algo de adolescencia que se resiste a marchar y que sigue ahí, enmascarando la lujuria latente con una pátina de inocencia casi virginal.

Y eso, claro, nos excita mucho, deseada Ana de Armas. Nos excitabas cuando mostrabas una imagen tendente a lo casual y nos excitas cuando, en algunos fotocoles y algunos eventos, te muestras más sofisticada y cool, más cultivada, más hecha. Tanto en unos casos como en otros, nuestra imaginación echa a volar hacia ese momento en el que, poco a poco y como si fueras una novia primeriza a punto de perder el himen, nosotros, convertidos de nuevos en adolescentes, aprovechamos que nuestros padres han marchado de casa para irte despojando poco a poco de tus ropas para, al final, dejarte vestida con el vestido que, creemos, es el que mejor te sienta y que no es otro que el de tu propia desnudez, limpia y serena, clásica y tentadora, irresistible siempre. El cuerpo desnudo de Ana de Armas es el cuerpo desnudo de la estatua clásica que, de golpe y como si un rayo la alcanzase, cobrase vida. Miramos a Ana de Armas y recordamos aquella maravillosa película que fue Venus era mujer. Ana de Armas es, para nosotros, la Venus que baja del pedestal de mármol y nos besa mientras nuestras manos, tímidas, avanzan apocadas al encuentro de sus redondeces, al cálido tacto de sus bellos pechos, a la insurgencia endurecida de sus pezones y a la curva femenina y rotunda de sus caderas. Ana de Armas es la mujer que se diluye en el magma siempre ardiente de nuestros sueños y nos deja ahí, con las manos extendidas, palpando el aire. Ana de Armas es la mujer que hace hoy que nuestras manos, huérfanas de sus pechos, se dediquen a aliviar, sabias a fuerza de experiencia, la urgencia de nuestro deseo.