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Sienna Miller: la serena belleza de la madurez

La reina del boho chic

Hay bellezas que duran lo que dura la más tierna juventud y bellezas que adquieren un poso especial cuando la pátina de los años se posa sobre ellas. Las primeras son como esas mariposas que viven un día: tienen el encanto de lo fugaz. Tal y como llegan se desvanecen. A veces duran el tiempo que dura un flash fotográfico. Después se van convirtiendo en otra cosa. En ellas siempre quedará un rastro de belleza (o casi siempre, claro; que la palabra siempre acostumbra a provocar una especie de vértigo) pero ese rastro de belleza siempre nos hará pensar en la premura con la que el tiempo pasa y, de manera inevitable, convidará a la nostalgia por lo que se perdió. La segunda belleza, sin embargo, se aposenta en la madurez. Es más: es esta madurez la que hace que esa belleza se vuelva una belleza especial. Esta es una belleza que, más que invitar a la nostalgia, invita al relax. Es como si fuera una luz que se derramara tenue sobre nosotros y nos dejara aislados de todo, sumergidos en un sueño que resulta fácil de relacionar con el amor o con sus aledaños.

Cuando te miramos, Sienna Miller, pensamos en esta segunda clase de belleza. Quizás sea tu look, esa manera de aparecer ante nosotros como si fueras una aparición sacada de los tiempos en que el movimiento hippie inundaba los barrios más chic de las ciudades más importantes de occidente. Los que entienden de moda dicen que tú, Sienna Miller, eres una de las reinas del boho chic, ese estilo que mezcla los aires bohemios más vintage con unos toques étnicos y campestres que transmiten, ante todo, un sensación de relax y tranquilidad que es, sin duda, el que esperamos encontrar, en nuestro futuro, junto a la mujer a la que amamos.

Quizás por eso cada vez que te miramos, Sienna Miller, pensamos en paseos a la orilla de un mar que apenas deja en el aire el sonido susurrante de su ir y venir sobre la arena. Por eso, Sienna Miller, cuando miramos una de tus fotografías, cuando te vemos sonreír en medio de la alfombra roja en algún festival de cine o paseando por una calle neoyorquina o londinense (nos encanta saber que te criaste entre las calles de Manhattan y los recodos de Chelsea, somos mitomaníacos de ciertos barrios y de ciertas ciudades) pensamos en una madurez en la que uno no puede ni quiere, ante la contemplación de tu belleza, renunciar al sexo aunque ese sexo deba ser un sexo pausado y tranquilo, un sexo casi tántrico en el que la unión de los cuerpos y la unión de las almas estén garantizadas siempre por ese aire hippie y casi letárgico que transmites y gracias a esa mirada tuya que uno intuye a medio camino entre lo triste y lo lúbrico, entre lo que esconde un misterio de angustia que queremos y querremos descubrir y lo que también intuimos que es esencialmente ardiente y lujurioso.

Vemos esas fotografías tuyas, Sienna Miller, y soñamos con tardes del futuro pasadas a tu lado. Quizás simbolizas para nosotros la mujer perfecta con la que envejecer. Soñamos con verte sentada en un sillón, junto a la ventana, con la luz del sol bañando tu hermoso cabello trigueño, con tu mirada melancólica buscando más allá de los cristales quién sabe qué, quizás los días de tu infancia, cuando hacías que los circunspectos londinenses de Chelsea se extasiaran mirando tu carita pecosa de niña guapa, o quizás tus primeros pasos en el cine, o aquella sesión de fotos para iluminar un mes del calendario Pirelli de 2003, o aquella películas con las que fuiste labrándote un prestigio en el séptimo arte (Casanova, Factory Girl, Interview, Just Like a Woman, Stardust…).

Tú estarías allí, en esa imagen de nuestro futuro soñado, melancólica, junto a la ventana, y nosotros nos acercaríamos para acariciar tu rostro. Tú entonces te girarías, dejarías atrás los recuerdos, perdidos al otro lado del cristal, y nos ofrecerías tus labios para que nosotros dejáramos en ellos un beso que no sería otra cosa, Sienna Miller, que el preludio de un atardecer de amor irremediablemente físico. Nos dejaríamos entonces embriagar por el sabor de esos labios tuyos (¡qué seductores son los labios de Sienna Miller!) y poco a poco iríamos haciendo lo que se impone en estos casos: entregarnos a la maravilla del sexo.

Es un pecado que una mujer bella te bese dulcemente, te muerda suavemente los labios, acaricie tu rostro, y que tú no dediques, enfrentado a ese trance, a quitar lentamente su ropa. Nosotros lo haríamos sin duda en ese atardecer mil veces soñado y, al final, cuando el ritual de desnudar y desnudarse quedara cumplido, ante nosotros quedaría expuesta la maravilla de tu cuerpo en cueros. Y entonces sabríamos que sí, que nada mejor que la imagen de Sienna Miller desnuda para reconciliarse con la vida y sentirse besado por ella. Y a eso nos dedicaríamos a partir de ese momento: a besar y a ser besados, a entregar y a recibir, a hundirnos en ti y a dejar que tú, Sienna Miller, te convirtieras en la extensión perfecta de nuestro cuerpo, en un apéndice nuestro, en un latido más de nuestro corazón rendidamente enamorado.

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