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Rhian Sugden, la mujer que dio calabazas a Cristiano Ronaldo

Obsesión mamaria

Sí. Me da vergüenza reconocerlo. Te he mirado muchas veces, Rhian Sugden. Quizás demasiadas si tenemos en cuenta que uno debería ya estar acostumbrado a la belleza casi escandalosa de las mujeres que suelen aparecer en esta sección. Pero que no me pregunten ahora de qué color son tus ojos porque no lo sé. Quién sabe si son del color de la miel, o negros como el carbón o si atesoran el azul de un mar tropical. Me cuentan quienes pueden mirarte fríamente que son de color café, de ese color amarronado que tiene la miel oscura y que uno siempre ha asociado a las mujeres que, siendo soñadoras y románticas, acostumbran a pasear por esa zona neblinosa en la que los sueños tienen siempre una tonalidad innegablemente lúbrica. Mujeres que son tan soñadoras como cachondas, tan románticas como ardientes.

Prometo fijarme en esos ojos la próxima vez que mire alguna de tus fotos, Rhian Sugden. Después de todo, tendré ocasiones de sobras para mirarlos. En la red no faltan retratos tuyos. Ya los había antes de que dijeras que le habías dado calabazas a Cristiano Ronaldo. Pero ahora, claro, las imágenes se han multiplicado. Hay publicidades que vienen muy bien, y el nombre de CR7, sin duda, es en la actualidad uno de los mejores reclamos que puede utilizar una mujer si quiere atraer sobre sí la atención de los focos. A ti, sin duda, te ha ido de maravilla eso de decir que Cristiano Ronaldo se moría por tus huesitos, que CR7 quería hincarte el diente, que el 7 del Real Madrid quería anotar tu nombre en su lista de conquistas.

Gracias a las calabazas que diste a Cristiano (o que dices haber dado) te hemos podido ver en los diarios españoles. Eso nos ha permitido conocerte mejor. Ya no eres sólo aquella chica guapa y provocativa que a nosotros, los buscadores de mujeres hermosas y sexys, nos sedujo desde la página tres del The Sun y nos quitó el aliento desde las páginas de otras publicaciones británicas de carácter más picantón. Por eso sé que eres rubia: porque ya te había visto en muchas de esas publicaciones y me había fijado en ti, Rhian Sugden. O, mejor dicho, me había fijado en el escándalo exuberante y apetitoso de tus tetas.

No te lo negaré, Rhian Sugden. Quizás es que nunca abandoné esa fase de la niñez en la que casi todo el universo se reduce a ese pecho al que nos amorramos buscando la materia nutricia que nos permita vivir. Quizás es que en mí existe una especie de fetichismo latente que está ahí, que siempre ha estado ahí, y que intenta abrirse paso a dentelladas. No lo sé. Ciertamente, ni soy amigo del psicoanálisis ni tengo la más mínima intención de psicoanalizarme en este texto que, después de todo, quizás no sea sino una carta de amor, una confesión, una manera como otra cualquiera de decirte que tus tetas me enloquecen, Rhian Sugden.

Carta de amor a unas tetas

Sí, Rhian, esto que te escribo no es otra cosa que una carta de amor a tus tetas, una declaración de admiración a tus pechos. ¿O cómo los llamas tú? Quién sabe si los llamas bufas, senos, mamas, melones, bubis, lolas, pechugas, peras, melocotones, sandías, etc., etc. Quizás un nombre de fruta sea lo que mejor les cuadre a esos dos monumentos al erotismo que parecen querer desbordar cualquier ropa que lleves puesta y que actúan sobre mi vista como debe actuar la flor llena de polen sobre la abeja.

Y es que, Rhian Sugden, yo quiero ser para la flor de tus pechos la abeja que los libe, que los lama, que se entretenga saboreando el néctar que sin duda, cuando estás excitada, debe recorrer en forma de gotita de sudor el valle que se abre entre ellos, esa hondonada en la que quiero colocar mi masculinidad inflamada, mi pene erecto.

Sin duda tu cuerpo desnudo ofrece mil y una posibilidades de placer. Eres bella, Rhian Sugden, y muy, muy sensual. Hablo a todos mis amigos de Rhian Sugden desnuda y todos, al oírme nombrarte, silban. O resoplan. O arquean los ojos como queriendo expresar “¡Dios mío, qué mujer!” Y todos, al imaginarte desnuda, comentan casi babeando lo que harían contigo si tuvieran la dicha de ser tu amante. Los hay que ponen los ojos en blanco imaginando la dicha de introducirse en el culo de Rhian Sugden. Otros, más románticos y menos dados a lo anal, pierden el juicio imaginando un casi rutinario sesenta y nueve. Yo, enloquecido por las tetas de Rhian Sugden, (por tus tetas, Rhian), no puedo dejar de soñar con una maravillosa paja cubana.

Eso es lo que me excita por encima de todo de ti, Rhian: imaginar que mi pene inflamado de deseo busca acomodo entre tus peras, melones, sandías, melocotones o como quieras llamar a esos dos frutos dignos de adornar las ramas de cualquier árbol frutal del Jardín del Edén, y que, una vez acomodado allí, ese pene erecto que me representa y te busca se entrega a la delicia de que sean tus propias manos las que cojan esas dos maravillosas tetas que te adornan y, presionando con ellas sobre él, empieces a masturbarlo lentamente.

No debería hacer falta decir cómo me gustaría que acabara todo este sueño, Rhian Sugden. Pero, por si acaso no lo sabes, quiero que sepas que, cuando llegara el momento en que esa maravillosa explosión de placer a la que llamamos orgasmo fuera inevitable y cercana, me gustaría mucho que me ofertaras la maravillosa balconada de tus pechos. Yo vertería entonces sobre ella hasta la última gota del fruto espumoso e hirviente de mi deseo. Correrme en tus tetas es, Rhian Sugden, la utopía sexual que, de un tiempo a esta parte, ilumina mis pajas. De tanto en tanto me encierro en mi cuarto, apago la luz, me tumbo sobre la cama, me masturbo y, con los ojos entrecerrados, entre las sombras, brillando poderosas en algún lugar del techo, me parece intuir la maravilla exuberante y provocativa de tus tetas. Me abandono a esa visión y, borracho de ella, me dejo ir. La lluvia que se derrama sobre mi vientre cae como un llanto que lamentara la frustrante lejanía de tus senos.

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