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Nuevas prohibiciones en el porno británico

el imperio de los sentidos, asfixia erótica

Prácticas prohibidas

Hay leyes que parecen olvidarse del tiempo en que se dictan. Y de las posibilidades técnicas que se tienen a mano para convertir esas mismas leyes en algo un poco incongruente y de estériles resultados. La última norma dictada por el Consejo Británico Censor de Películas (BBFC) es una de ésas. Centrada en la normativa que debe imperar en el cine pornográfico producido en Gran Bretaña, esta ley introduce una serie de prohibiciones en los contenidos del cine porno especialmente elaborado para publicitarse y visualizarse por internet. Los productos pornográficos destinados a tal fin deberán seguir la normativa que ya afecta a los pornofilms destinados a su edición en DVD y a su venta en sexshops.

¿Qué contenidos son los prohibidos? El spanking o azotes en las nalgas es, por ejemplo, una de las prácticas prohibidas. También lo son el fisting (inserción del puño o de otros objetos en la vagina o el ano), el face sitting (acto de sentarse en el rostro de la pareja), el pissing o urolagnia (la tradicional lluvia dorada) y el squirting o práctica orientada a conseguir la eyaculación femenina, entre otros.

¿Discriminación de género?

Estas prohibiciones, por supuesto, han levantado una gran polvareda entre los profesionales y los aficionados del sector. Y entre ellas, por ejemplo, una de las más criticadas ha sido la de la eyaculación femenina. ¿No es sexista prohibir este contenido en las pelis porno y, al mismo tiempo, consentir la masculina? ¿Qué diferencia existe entre una y otra que haga que una sea prohibible y la otra, no? No hay duda que esta prohibición choca con el aire de los tiempos. Y el aire de los tiempos dicta que cada vez hay más mujeres que, más allá de limitarse a estar ante las cámaras sirviendo casi como actriz objeto, adoptan un rol más creativo y activo dentro de la industria del porno, convirtiéndose en directoras, guionistas o productoras, revolucionando así una industria tradicionalmente dominada por los hombres.

Desde amplios sectores de los movimientos pro-igualdad y de la propia industria pornográfica se está señalando que censurar el placer femenino supone retrotraer el producto pornográfico al tiempo en que la mujer era entendida como un simple objeto. La mujer sumisa, así, quedaría perpetuada casi como única mujer posible en el porno: una mujer que no será propietaria de su sexualidad, que follará cuando el hombre quiera y que estará en los filmes solamente destinada a dar placer al actor masculino.

Por otro lado, la prohibición no deja de reflejar un poco la doble moral victoriana de un país como Gran Bretaña en el que, en ciertas cadenas de televisión, se televisan realitys muy subidos de tono.

Peligro para la vida

Que se objete para justificar la prohibición que las prácticas sexuales prohibidas ponen en peligro la vida suena, un poco, a excusa tonta. Aunque quizás esta excusa no lo sea tanto (y en el fondo sí deba reconocérsele validez) en el caso de la práctica consistente en semiestrangular a la pareja mientras se practica el coito. En la mente del consumidor de cine erótico perduran, seguramente, las imágenes desasosegantes y excitantes al mismo tiempo de films como El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima (1976). En ella aparecen imágenes turbadoras sobre la práctica de la asfixia erótica o hipoxifilia. El protagonista masculino, de hecho, muere debido a dicha práctica. Y la historia está basada en una historia real acaecida en Japón en la década de los treinta. También son bastantes las personas que han fallecido a causa de la práctica de la asfixia autoerótica, es decir, practicar el propio estrangulamiento mientras uno se masturba. Al parecer, el actor David Carradine, falleció así en una habitación de hotel.

Se puede aceptar, entonces, que la prohibición de la asfixia erótica intente evitar la propagación de una práctica sexual ciertamente arriesgada. Pero, ¿qué peligro para la vida puede ocasionar la eyaculación femenina? ¿Quizás el censor ha creído que “morirse de placer” es una expresión literal y, atendiendo a eso, ha decidido poner a las mujeres británicas a salvo de ese riesgo? Quizás, probablemente, ha intentado liberar a los hombres de una presión extra a la hora de afrontar el sexo: la de estar obligado a conseguir que la mujer eyacule.

Más allá de la ironía o la broma que podamos emplear a costa de las prohibiciones que desde los círculos censores se intentan imponer, lo cierto es que, en plena era de internet, dichas prohibiciones resultan, cuanto menos, ridículas. El usuario británico no podrá ver películas producidas en su país que muestren este tipo de escenas, pero ¿qué impedirá a dicho usuario acceder a ese tipo de contenidos en los millones de clips o películas de otras naciones que le lleguen a través de las diferentes webs de contenido pornográfico que él pueda consultar?

El BBFC intenta, un poco, poner puertas al campo. Los contenidos pornográficos están ahí, en la red, a disposición de todo el mundo. Un clic le basta a un usuario de un pueblo de la campiña británica para acceder a una escena de spanking rodada en un apartamento de Tokio. Un adolescente de Chelsea, al mismo tiempo, puede regodearse mirando la lluvia dorada con la que un ejecutivo de color moja la espalda de una mujer blanca sobre la alfombra de un despacho desde el que se contempla el derrame de colorido del Central Park neoyorquino. Ciertamente, difícil de controlar todo este flujo de información e imágenes de un rincón a otro del planeta. Por eso resulta un poco ridículo y hasta gagá todo este espíritu censor que de vez en cuando se apodera de ciertos círculos políticos embreados de moralina.