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Monica Bellucci: cincuenta años de serena belleza

Medio siglo de belleza

Nos dicen que ya has cumplido los cincuenta y nos frotamos los ojos. Lo hacemos un poco por incredulidad y otro poco por deslumbramiento. Y es que tu extraordinaria belleza resiste al tiempo y poco a poco se convierte en mito. Por eso seguramente eres una de las nuevas chicas Bond. Por eso tienes una escena tórrida con Daniel Craig en la nueva entrega de 007. Tu belleza, Monica Bellucci, merece eso y mucho más. Llevamos años admirándola, maravillándonos ante esa exuberancia tan italiana que ha hecho que muchos te comparen con Sofia Loren, Gina Lollobrigida o Monica Vitti, algunos de los nombres míticos de la femineidad italiana.

A nosotros no nos gusta comparar bellezas, Monica Bellucci. Para hacerlo, habría que apartar la vista de ti, de la espléndida arquitectura de tu cuerpo, de esos ojos color de chocolate con el que nos miras desde tantos y tantos anuncios publicitarios como has protagonizado para marcas tan prestigiosas como Dolce & Gabbana o Dior, del dibujo perfecto de tus labios, de tus pechos seductores y excitantes… Para compararte con otra belleza, mítica o no, deberíamos apartar nuestra mirada de ti, y eso es algo que no queremos hacer. Nos gusta mirarte e imaginar. Imaginar a Monica Bellucci desnuda. Imaginar a Monica Bellucci follando. Imaginar a Monica Bellucci entregada a cualquier escena en la que nosotros, junto a ella, hombres afortunados, protagonizáramos un apasionado delirio sexual.

Ésa es nuestra única voluntad, Monica Bellucci: contemplar tus imágenes e imaginar que revivimos contigo tantas y tantas escenas como hemos te hemos visto protagonizar desde que, allá por principios de los noventa, cuando ya te habías ganado un merecido prestigio como modelo, iniciaste tu fructífera carrera cinematográfica. Son muchas las películas en las que te hemos visto lucir tu serena y, al mismo tiempo, excitante belleza: Drácula, Malèna, L’appartement, El pacto de los lobos, El aprendiz de Brujo, Matrix Revolutions, Matrix Reloaded, El secreto de los Hermanos Grimm, Lágrimas del sol, Irreversible

Hay una escena en esta última película que no puede borrarse de nuestra memoria. De hecho, esa escena, grabada sin interrupción y de una duración de casi nueve minutos, figura entre las escenas de sexo más duras que recordamos del cine comercial. Pocas veces la grabación de una violación ha resultado tan cruda y tan violenta como en Irreversible. Pocas veces se ha recogido tan a las claras toda la miseria moral que se oculta tras una violación. Abominamos de “El Tenia”, ese asqueroso cabrón que te viola, Monica Bellucci. Detestamos toda la violencia de sus gestos, su navaja amenazadora, su desprecio absoluto hacia tu voluntad. Abominamos de él como lo hacemos de cualquier violador. Abominamos de cómo te pone contra el suelo, bocabajo, de cómo te desata el vestido contra tu voluntad, de cómo soba tus maravillosos senos, de cómo te baja las bragas, de cómo empieza a cabalgarte, desde atrás, incansable y casi parece que interminablemente.

Odiamos todo eso, Monica Bellucci, pero no podemos olvidar (y ese recuerdo nos causa un poco de vergüenza y nos hace sentirnos un poco sucios) la excitación que nos produjo ver tus pezones de punta, erizados de excitación, al inicio de la escena. Buscamos cómo limpiarnos de esa sensación de suciedad y buscamos una santa a quien suplicar perdón por nuestros obscenos pensamientos. La encontramos, al fin, en la figura de María Magdalena, el personaje bíblico tan cercano a Jesús y sobre el que tantas especulaciones se han vertido a lo largo de la historia. Nos gusta esta santa por lo que en su día tuvo de mujer pública, por lo que tuvo de puta. Nos gusta esta santa porque fue precisamente a ella, Monica Bellucci, a quien tú interpretaste en La pasión de Cristo. ¡Qué bella estabas en mitad de aquel delirio sangriento que ese fanático religioso que dicen que es Mel Gibson decidió rodar en arameo, latín y febreo, Monica Bellucci!

Y es que la verdadera belleza (y la tuya lo es) sobrevive o deja su huella a todo y sobre todo. Ella puede embellecer un plano lleno de sangre. Ella puede poner una luz de esperanza en medio de la violencia. Ella puede resplandecer especialmente cuando las transformaciones físicas de un embarazo parecen arrasar con el esteticismo de unas curvas perfectas. Te vimos desnuda y embarazada, Monica Bellucci, en la portada de la edición italiana de Vanity Fair, protestando con ese gesto de mostrarte embarazada y desnuda contra una ley que prohibía la donación de esperma, y sentimos envidia de no haber sido responsables de la hinchazón de esa barriga que acariciabas con tu mano derecha mientras con el brazo izquierdo te cubrías los senos.

Te miramos, Monica Bellucci, y nos frotamos los ojos mientras nos preguntamos si eres real o no. Nos confirman que sí. Nos lo confirman las miradas de otros hombres y también la de alguna amiga que por un momento olvida su heterosexualidad y se abandona al capricho de desearte, de soñarte enlazada con ella, cuerpo a cuerpo, gozándoos mutuamente.

Con esa imagen lésbica nos quedamos, Monica Bellucci, excitados con su imagen mientras soñamos que abrazamos tu espléndido cuerpo cincuentón y bello mientras nos abandonamos al placer voyeur de contemplar alguna de esas fotos que nos empujan a soñar con tus abrazos, con tus besos y con esas caricias tuyas que nunca llegarán.

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