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Michelle Williams: una rubia con pasado para pasar la vida

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¿Cómo hacer de Marilyn sin ser Marilyn? Sencillamente: siendo Michelle Williams. Sólo esta actriz nacida en Montana en 1980 podía enfrentarse al reto de interpretar al mito erótico por excelencia en Mi fin de semana con Marilyn y salir del reto victoriosa. No en vano, Michelle Williams salió de ese reto con un Globo de Oro y una nominación al Oscar a la mejor actriz bajo el brazo.

Y es que Michelle Williams puede tener más puntos de contacto con la eterna Marilyn de los que nos creemos y de los que ella (que rechazó inicialmente el papel, abrumada por el peso del personaje que debía interpretar) creía tener. Como Marilyn Monroe, también Michelle Williams es rubia. Esplendorosamente rubia. Maravillosamente rubia. Como Marilyn, también Michelle Williams irradia sensualidad. No tan explosiva como la de Marilyn, es cierto (¿se puede ser más explosiva que Marilyn?), pero sí lo suficiente como para que se eleve ante nuestros ojos como una mujer absolutamente deseable, una mujer a la que nos gustaría tener en nuestro lecho y con la que no nos importaría compartir una, dos, tres, cien, mil, diez mil noches.

Como Marilyn, también Michelle Williams es amante de la lectura. La primera poseía una biblioteca que fue subastada por Christie’s en 1999 y en la que se podían encontrar obras de Stendhal, Chéjov, Dostoievski, Hemingway o García Lorca, entre otros. Las malas lenguas dicen que las fotografías de Marilyn leyendo eran sólo una pose. Quizás nunca lo sabremos. En cualquier caso, parece ser que Michelle Williams, esta bella, sensual y elegante mujer de mirada desconfiada e inteligente y sonrisa tímida aunque cautivadora, sí es lectora habitual. Así lo proclaman quienes la vieron en el rodaje de la serie televisiva Dawson’s Creek, la serie que la hizo popular. Al parecer, Michelle Williams aprovechaba cualquier pausa en el rodaje de aquella serie para leer. ¿El qué? Preferentemente obras de Vladimir Nabokov o de Philip Roth. Esos nombres deberían bastar para dar cuenta de las inquietudes intelectuales de una mujer que ha mostrado una tendencia bastante marcada a interpretar papeles en el cine indie.

Michelle Williams es la mujer ideal para dejar definitivamente reducido a cenizas aquella tontería estúpidamente machista de que las mujeres guapas no pueden ser, también, inteligentes. Miramos a Michelle Williams y vemos mucho más que a una mujer guapa. En Michelle Williams vemos a la mujer con la que compartiríamos mucho más que la cama. Y eso que imaginar a Michelle Williams desnuda y follando nos hace soñar con una noche en que un beso llevaría a otro y una caricia a la siguiente, sin prisas pero sin pausas, todo como si estuviera predestinado, todo como si fuera resultado de una evolución natural que llevara a ese momento en que los cuerpos de un hombre y una mujer se funden porque no puede ser de otra manera, porque esos dos cuerpos se han estado buscando desde siempre.

En Michelle Williams vemos una mujer con múltiples perfiles. Si fuera una casa, Michelle Williams sería una mansión con muchos rincones que recorrer y todos ellos llenos de sorpresas. En Michelle Williams queremos intuir una personalidad inacabable, rica y llena de matices.

La mirada de Michelle Williams, esa mirada que, digámoslo claramente, nos enamora y subyuga, no es la mirada de la vamp ávida de aventuras; es la mirada de la mujer que ha vivido. Es la mirada de la mujer que nos plantea el reto de conocerla. No es la mirada de la provocación obvia. Es más: provocación es lo que menos parece existir en su mirada. Y eso nos excita mucho. La combinación de erotismo y experiencia nos ha resultado siempre muy atractiva. Y en Michelle Williams esa combinación nos parece muy palpable, muy visible, muy a flor de piel.

Del pasado de Michelle Williams sabemos algunas cosas. Algunas nos hablan de alguna experiencia dolorosa (Heath Ledger, actor australiano fallecido prematuramente hace ya diez años y a la edad de 28 años, fue el padre de hasta el momento la única hija de Michelle Williams, Matilda). Otras, de su rebeldía y de su empecinamiento en seguir en todo momento el camino que ella misma se marque. Michelle Williams no es, en modo alguno, una mujer-florero (si es que las mujeres-floreros existen). No podemos imaginar a Michelle Williams como una mujer sumisa. Imaginamos en Michelle Williams a esa mujer a la que hay que conquistar cada día porque Michelle Williams no admite lazos, fronteras ni prisiones doradas. Por eso presentó una reclamación para emanciparse de sus padres cuando tan sólo tenía 15 años: porque ella quería ser actriz y sus padres no le dejaban. Y ese muro, pensó en aquel momento, había que derribarlo. Y lo derribó. Una muy variada carrera cinematográfica la estaba esperando.

Ahora, Michelle Williams, desde la atalaya de su reconocimiento profesional, está comprometida en el derribo de otros muros. El de Michelle Williams se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles y activos del movimiento Time’s Up Now (El tiempo se ha acabado ahora), un movimiento formado por más de 300 mujeres de Hollywood que han creado un fondo para víctimas del acoso sexual. Michelle Williams colabora con mujeres como Eva Longoria, Natalie Portman, Emma Stone o Reese Witherspoon, entre otras, para ayudar a mujeres con pocos recursos a costear las denuncias por acoso, algo que, por supuesto, aplaudimos y apoyamos. Sin reservas. Nosotros, que en algunos momentos puede parecer que cosificamos a las mujeres en nuestros escritos, defendemos por encima de todo la libertad absoluta y sin fisuras de todas y cada una de ellas. Como ya dijimos al hablar en nuestro blog de la actriz italiana Asia Argento, “el sexo sólo es divertido, enriquecedor y gozoso si es libre y consentido”. Por eso aplaudimos luchas como las de Michelle Williams y por eso nos sentimos doblemente excitados cuando la imaginamos en nuestro lecho, desnuda y follando, dando y recibiendo placer, abriéndose paso en nuestra vida para dejar en ella una huella imborrable, carnal y espiritual a partes iguales, dueña y señora de nuestro destino, predestinada a convertirse en la encarnadura misma de nuestra melancolía. Y es que parece difícil que hombre alguno (incluyéndonos nosotros entre ellos) pueda reunir las virtudes y la tenacidad suficientes como para retener junto a sí a una mujer tan aparentemente inteligente y libre como el de Michelle Williams.

Dejamos aquí unas fotografías para dar fe, aunque sea de manera vicaria, de la sensualidad y el erotismo de esta bella actriz estadounidense.