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Manuales de erotismo de la Antigüedad

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El erotismo, una constante en la Historia

Desde que el mundo es mundo el sexo ha estado incluido en el listado de preocupaciones principales del ser humano. Que eso es así lo demuestra la infinidad de muestras artísticas que a lo largo de toda la Historia y en las más diversas culturas hacen referencia a él. El simbolismo sexual ha estado presente en la historia de la pintura y la escultura tanto de las culturas orientales como de las occidentales. Podríamos citar las esculturas de los templos de Khajuraho, en la India, una especie de Kama Sutra de piedra en la que se muestran escenas de sexo oral, masturbaciones, orgías o prácticas zoofílicas, para dar un ejemplo de cómo el erotismo y lo erótico buscó en un determinado momento y en un determinado rincón del mundo su lugar en el arte. Podríamos citar, junto a éstas, ciertas pinturas realizadas en los muros de Pompeya, algunos grabados realizados por el ilustrador francés Paul Avril o algunas cerámicas griegas en las que se muestran escenas directamente eróticas. Cualquiera de esos ejemplos nos serviría para demostrar cómo el erotismo, tal y como hemos dicho al inicio del artículo, ha formado parte desde siempre de las preocupaciones principales del ser humano.

Otra forma de constatar hasta qué punto eso es así es recurrir a las fuentes literarias. Todos hemos oído hablar del Kama Sutra y somos muchos los que, de una manera u otra, nos hemos asomado a sus páginas intentando aprender algo del que es concebido por muchas personas como uno de los primeros manuales de sexualidad del mundo y, sin duda, uno de los principales manuales de erotismo de la Antigüedad.

Escrito por el maestro Vatsyayana en la India allá por el siglo IV d. C., el Kama Sutra es, sin duda, el más famoso manual erótico de la Antigüedad, pero no es el único. Sin ir más lejos, en la Antigüedad Clásica, en Grecia y Roma, ya existieron algunos manuales de erotismo y algunos de ellos adquirieron una fama nada despreciable.

El Elefantis

El primero de ellos, y quizás, también, el más famoso, fue el tratado Elefantis. De este tratado se ha dicho que fue una lectura habitual del emperador Tiberio. Conocido por su carácter libertino y por las orgías que organizaba en su retiro de Capri, Tiberio, al parecer, decoró alguna habitación de su palacio en dicha isla del mar Tirreno con imágenes inspiradas en el Elefantis.

Que Elefantis fuera la muestra más conocida de la época del género de las enseñanzas amatorias no quiere decir que fuera la más antiguas. En la época arcaica griega, sin ir más lejos, pueden encontrarse hombres y mujeres que firmaron manuales de sexualidad con los que se pretendía instruir a los lectores de los mismos sobre las cuestiones del sexo. Algunos de esos hombres y mujeres son los de Astianasa (considerada por muchos autores como la creadora del género), Botris, Salpe, Páxamo, Pánfile de Epidauro, Nico de Samos, Calístrata de Lesbos o Pitonico de Atenas.

Si alguien destacó en la Antigüedad a la hora de redactar manuales de sexualidad esas fueron quienes habían hecho del placer su profesión. Estamos hablando de las hetairas. Estas cortesanas de lujo de la Antigua Grecia reflejaron sus conocimientos en diferentes obras. Artyanassa, Fileanis de Samos o la autora del citado Elefantis son las más importantes de esas hetairas que decidieron poner por escrito sus amplios conocimientos sobre las artes del sexo.

De quien se escondía tras el pseudónimo de Elefantis sabemos poco. Que fue una poetisa griega del siglo I d.C. Que sus textos casi pornográficos aparecían ilustrados. Que escribió un tratado sobre cosmética para orientar a las mujeres a la hora de explotar su belleza y que también fue autora de un manual sobre el aborto para mujeres.

El manual erótico de Fileanis de Samos

Fileanis de Samos, por su parte, escribió un manual que, se cree, era un manual sobre el noviazgo que recogía un surtido compendio de todo tipo de artes sexuales. Hay quien dice que Fileanis de Samos fue una cortesana que vivió a caballo de los siglos IV y III a.C. Otros autores, por su parte, consideran que Fileanis de Samos es el pseudónimo tras el que se ocultaba el sofista Polícrates de Atenas. Sea como sea, lo que parece ser cierto es que el manual de sexualidad firmado por Fileanis de Samos recogía técnicas de seducción, recetas de afrodisíacos, abortivos, cosméticos y, por supuesto, distintas posturas sexuales destinadas a extraer un mayor placer de las relaciones sexuales.

Por desgracia, no podemos tener acceso a las enseñanzas que todos estos pioneros y pioneras de la educación sexual intentaron legar a la posteridad. El paso del tiempo y la censura han impedido que algunas de esas obras lleguen hasta nosotros. Basta recordar una película como El nombre de la rosa para saber hasta qué punto la Iglesia impidió en su momento que muchas obras clásicas llegaran a las generaciones posteriores. No hay que olvidar que el sexo y su práctica ha sido considerado pecado durante muchos siglos. Quizás esos libros ardieron en alguna hoguera inquisitorial. Quizá se salvaron de la hoguera y forman parte de alguna colección privada. O, quién sabe, tal vez reposan, a buen recaudo, en alguna estantería vaticana. Como suelen decir los viejos: cosas más raras se han visto. Lo único cierto es que no los tenemos a nuestra disposición y que si sabemos de ellos es gracias a otros autores que los han citado.

Entre los autores que nos han permitido conocer la existencia de los manuales de erotismo anteriormente citados podemos encontrar a Suetonio o a Marcial. Este último, por ejemplo, nos habla de la popularidad de Elefantis. Suetonio, por su parte, y al hablarnos del emperador Tiberio en Vida de los Césares, explica cómo estos manuales se apilaban en la habitación del emperador y cómo éste se inspiraba en ellos para enriquecer y volver más imaginativas las orgías en las que participaba.

De la existencia de estos manuales eróticos de la Antigüedad (y, en especial, de la existencia de Elefantis) sabemos también por las referencias que pueden encontrarse en los priapeos, es decir, en los poemas obscenos y populares que se dedicaban al dios Príapo. Príapo fue un dios de la fertilidad de origen frigio que, siendo protector de jardines, huertos y viñedos, fue siempre representado con enormes genitales y ha servido para dar nombre al priapismo, una enfermedad que se manifiesta con una erección continua y dolorosa del pene que no guarda relación con ningún tipo de excitación sexual.