Algo más que sonidos y silencios

La música es algo más que la combinación con pretensión artística de sonidos y silencios. La música es algo más que un fenómeno auditivo. El ser humano se dio cuenta de ello desde sus mismos inicios como especie. El hombre primitivo, sin ir más lejos, la empezó a utilizar en sus rituales mágicos y con ella pretendía invocar la lluvia, la fertilidad, la caza… El hombre de los albores de nuestra especie también la utilizó como ritual de seducción. Con rituales musicales se pretendía seducir a las mujeres de la tribu o, cuanto menos, promocionarse como pareja ante ellas. Y es ahí, sin duda, donde podemos contemplar, por vez primera, cómo música y erotismo empezaban a ir de la mano. Y es a esa relación, a la establecida entre erotismo y música a lo largo de la Historia, a la que queremos dedicar nuestro artículo de hoy.

La música es ritmo. Y el ritmo, por ejemplo, es la base de toda la música tradicional africana, una música que siempre ha estado determinada, al ser bailada, por un componente muy físico y, en cierto sentido, erótico. Gran parte del ritmo original de la música tradicional africana se reflejaría, siglos después, en estilos musicales que como la samba, el jazz, la bossanova o el blues, tienen marcadas connotaciones de sensualidad y pueden considerarse herederos directos de aquélla.

La relación entre música y erotismo ha sido estudiada desde diversos campos del conocimiento. La psicología no ha escapado al desafío que supone estudiar la relación entre erotismo y música o, si se quiere, de las connotaciones eróticas innatas de la música. El psicólogo musical de la Universidad de Londres Daniel Müllensiefen, por ejemplo, realizó un estudio, avalado por Spotify, sobre la relación entre la música y el amor. Según dicho estudio, más del 40% de las personas decían sentirse más estimuladas durante el acto sexual por la música que por el tacto. La investigación de Daniel Müllensiefen sirvió también para constatar que la música activa las mismas zonas de placer que están en el cerebro que responden a recompensas menos abstractas como la comida. Y una curiosidad: que la banda sonora de la película Dirty Dancing era la música más excitante durante las relaciones sexuales. La relación entre erotismo y música quedaba, una vez más, demostrada.

La música puede servir de fondo ambiental de una situación erótica, puede servir de inspirador del erotismo de la pareja, puede actuar como estimulante en fiestas colectivas y puede, directamente, aludir a situaciones eróticas.

Y esto ha sido así y se ha ido produciendo en diferentes culturas y a lo largo de toda la historia. Un ejemplo: en Samoa (Nueva Guinea) se utiliza la música en ritos de iniciación sexual. Otro ejemplo: en el Kama Sutra se recomienda a la mujer saber utilizar la música. Uno más: en el Japón existe una música específicamente erótica. Esa música era interpretada por un solo músico para ambientar el encuentro de los amantes. También podemos constatar la relación entre erotismo y música si prestamos atención a las fiestas que, en Grecia y Roma, se celebraban en honor de Eros y Baco. En esas fiestas eran los instrumentos de cuerda pulsada, como la lira y la cítara, los instrumentos que solían utilizarse.

Tritono y erotismo

Estudiar la historia de la relación entre música y erotismo implica también comprobar hasta qué punto la religión puede determinar la forma de plasmarse y desarrollarse tanto uno como otra. Eso se puede constatar cuando se estudia la expansión del cristianismo. El cristianismo impuso sobre la sociedad la idea de que la sexualidad sólo podía estar destinada a la procreación. Al hacerlo, el cristianismo (o, mejor dicho, la Iglesia cristiana) condenaba al erotismo y al placer sexual no reproductivo a vivir casi recluido en las sombras de lo pecaminoso. La música religiosa, así, debía aspirar a representar la misma pureza que la mujer debía simbolizar y mantener hasta que se convirtiera en la esposa de alguien.

La persecución de la pureza musical en la música religiosa condujo a la prohibición del uso de ciertos intervalos musicales en la composición y ejecución de la misma. El tritono, por ejemplo, quedó erradicado de la música religiosa. Al tritono, intervalo musical que abarca tres tonos enteros, se le llamó “diabolus in música” o “mi contra fa”. Para los religiosos de la época, el tritono era el acorde del que se servía Satanás para entrar en los hombres. Así, durante la Edad Media la armonía no dispuso de los siete acordes de las siete notas, sino sólo de seis. El séptimo acorde poseía el tritono maldito, el que no podía ser utilizado, el del pecado. Así lo estableció, al parecer, el monje italiano Guido de Arezzo (991-1050). A él se le considera el responsable primero de la primera prohibición expresa de ese «diabolus in música» que parecía plasmar a la perfección las estrechas y en ocasiones incestuosas relaciones que podían mantener el erotismo y la música.

La prohibición del tritono en la música religiosa no implicó, en modo alguno, que erotismo y música rompieran su estrecha relación durante la Edad Media. Lo único que sucedió es que música y erotismo se vieron condenados a vivir su romance en el terreno de la música popular. Los goliardos (clérigos vagabundos y estudiantes pobres y pícaros que acostumbraban a vivir de una manera nómada) solían cantar canciones llenas de referencias eróticas y sensuales. Su música, formada por unas canciones que destacaban por su picardía y que contrastaba con el canto que los trovadores elevaban al amor místico, era ejecutada de memoria (la notación musical pertenecía a los monjes) en plazas y otros lugares públicos.

No sería hasta varios siglos después, llegados ya los tiempos del Barroco, cuando la prohibición sobre el uso del tritono se relajó y éste, aunque sujeto a una estricta normativa, comenzó de nuevo a ser utilizado en las composiciones musicales. La llegada del Romanticismo y de autores como Beethoven o, posteriormente, Debussy, implicó y permitió la completa recuperación del tritono. Después de todo, el tritono cumple a la perfección con una función fundamental para la música de esa corriente y de esos autores: la de recrear ciertas atmósferas, algo que, sin duda, puede resultar muy «sensual».

Llegada del capitalismo

La llegada del capitalismo fue una de las grandes revoluciones de la historia. Música y músicos se mercantilizaron y la música acabó convirtiéndose en un negocio. Todo ello tuvo lugar de manera incipiente entre los siglos XVIII y XIX y, especialmente, en el siglo XX. Ello no implicó que la relación entre erotismo y música se rompiera. Música y erotismo siguieron, en muchos casos, yendo de la mano. El baile, al fin y al cabo, fomentaba la cercanía hombre/mujer en los bailes populares y las óperas y ballets de la época se convirtieron en algo así como en una eclosión colectiva de sensualidad.

Los avances tecnológicos y la posibilidad de grabar y reproducir la música revolucionaron la relación de las personas con ella. La posibilidad de disfrutar de ella en privado y el hecho de poder disfrutarla en las más diversas situaciones hacen que el eslabón entre música y erotismo se haga todavía más estrecho. El jazz, por ejemplo, uno de los primeros estilos que se beneficia de la posibilidad de grabar y reproducir las actuaciones musicales de cantantes y músicos incorpora en sus tonalidades, de una manera decidida, el pecaminoso tritono. En un género en el que, como en el jazz, se alternan continuamente los momentos de tensión y de relajación, el tritono adquirió y tiene una importancia capital.

Hay quien ha estudiado la relación entre música y erotismo y ha propuesto una serie de géneros para momentos eróticos muy concretos. Según esos estudiosos, la música pop iría muy bien para ambientar un rapidín o un encuentro sexual en el que se experimentara con nuevas posturas eróticas; la música clásica serviría para desempeñar un rol diferente al que solemos interpretar y que sea muy diferente a nosotros; y el jazz y el blus servirían para movimientos largos, penetraciones profundas y cambios de ritmos. Para sexo del bueno, vamos.

¿Ya te has planteado qué música quieres incorporar a tus momentos más íntimos? Si no la encuentras en el mundo de la música clásica, en el pop, en el jazz, en la bossanova o en cualquier otro género musical, tal vez lo encuentres en las bandas sonoras de las películas. Seguro que, si haces memoria, encuentras una canción bien sugerente y efectiva entre las películas que has visto.