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Cincuenta sombras de Grey: tras el paso del ciclón

cincuenta sombras de grey

El rostro de Grey

Pasó como pasan los tifones anunciados: dejando menos daños colaterales de los previstos. Ni se han multiplicado alarmantemente los divorcios ni las mujeres hacen cola para alistarse al ejército de las practicantes convencidas de las prácticas BDSM. Se estrenó y, en un fin de semana, fue un millón de personas (nada más y nada menos) quien acudió a los cines españoles a verla. Cincuenta sombras de Grey, la tan publicitada Cincuenta sombras de Grey, la tan anunciada a bombo y platillo Cincuenta sombras de Grey, por fin estuvo en las pantallas, y la legión de fans de la trilogía literaria escrita por E.L. James por fin pudo ponerle rostro y cuerpo al Lobo Christian Grey y a la Caperucita Anastasia Steele.

Seguramente, cada uno de esas lectoras (no nos engañemos, el fenómeno literario de la novela de James se cimentó sobre la adhesión en masa del público lector femenino), había imaginado a los protagonistas de la saga de otra manera. Finalmente, como acostumbra a suceder en esto de las adaptaciones cinematográficas de obras literarias, los rostros que directores y productores eligen no siempre encajan con la imaginación de cada uno de los lectores. ¿Cuántas de estas lectoras, al leer Cincuenta sombras de Grey, habían imaginado en el rostro de Grey unas facciones semejantes a las de Jamie Dornan? ¿Cuántas habían creído que la cara de Anastasia se correspondería con la de Dakota Jonhson, la hija de Don Jonhson y Melanie Griffith? Seguramente no demasiadas (por no decir ninguna), pero será con esos rostros con los que, gracias al poder del cine, pasarán a la historia de los amantes cinematográficos Anastasia Steele y Christian Grey.

Cincuenta sombras de Grey versus Nueve semanas y media

Dornan y Jonhson estaban llamados a ser lo que Rourke y Basinger fueron en la década de los ochenta. Una vez estrenada la película, podemos decir que dicha comparación puede resultar excesiva. Quizás el tiempo y el efecto perverso de la melancolía juega a favor de la valoración que se hace de Nueve semanas y media, la película de Adrian Lyne que en 1986 protagonizaron el inquietante Mickey Rourke en el papel de John Gray y la explosiva Kim Basinger como Elizabeth McGraw; pero nos cuesta a imaginar a Dakota Johnson, pese a su indudable encanto y a la potencia desarmadora de su mirada, convertida en uno de los mitos sexuales de la década como sí lo fue la Basinger.

Allí se realzaban elementos sensuales del baile, el uso de los cubitos de hielo o el juego erótico de la comida. Aquí, es el mundo del BDSM y el del sadomasoquismo el que centra las relaciones eróticas entre Christian y Anastasia. Uno y otro echan mano de una apoyatura musical que realce el fondo de la historia. Si Nueve semanas y media la encontró en la mítica You can leave your hat on del recientemente fallecido Joe Cocker, Cincuenta sombras de Grey lo intenta hacer, entre otras, en el hit de Beyoncé, Crazy In Love. También aquí, en apariencia, sale perdiendo Cincuenta sombras de Grey. Siempre es arriesgado hacer previsiones sobre el recorrido histórico de cualquier obra artística (sea libro, film, canción, etc.) pero resulta complicado de creer que Crazy In Love pueda alcanzar el grado de sobrexplotación que la canción de Cocker ha llegado a tener durante casi tres décadas. De hecho, es difícil que cualquier persona que sobreviviera a los ochenta no asocie la canción de Cocker a un striptease o a algo directamente más sexual.

Como en aquellos años sucedió con Nueve semanas y media (no todo lo que se vuelve mítico lo hace por su redondez artística), también ahora las críticas han sido desiguales. Se habla de prestar demasiada atención a la dirección fotográfica y a su esteticismo como entonces se hablaba de crear una estética de video-clip. Se habla de un guión que es una nadería como se hablaba entonces de un desarrollo decepcionante de la película tras un inicio prometedor. En el caso de Cincuenta sombras de Grey, además, se habla de personajes planos, de falta de naturalidad, de poca química entre los protagonistas, de “porno suave para señoritas” y de “provocación leve”. En la mayor parte de los casos, además, se hace hincapié en la poco adecuada elección del protagonista masculino o en su linealidad interpretativa. Hay críticos, sin embargo, que han llegado a decir que la película mejora, en algunos aspectos, las escasas virtudes de la novela.

Quizás sea en ella, en la novela, donde haya que buscar esa falta de profundidad psicológica que se pretende cargar sobre las espaldas de actores y equipo de la película. Para comprobarlo, la mejor manera es leer la novela y ver la película. Quizás la calidad de ambas no sea excesiva, pero hay que reconocerles un mérito importante: han hecho que la gente pueda hablar de sexo con una mayor libertad y pueda plantearse, en algunos casos, introducir nuevas prácticas en su vida sexual. Quizás eso haya servido para revitalizar la vida erótica de alguna pareja. Quién sabe si gracias al uso de una venda para los ojos, unas esposas y una pequeña pala para propinar nalgadas alguna pareja no ha recuperado el fuego y la pasión que, tiempo atrás, les hizo ser preciosamente eso: un pareja. Eso ya es digno de aplauso. Seguramente la versión en libro de Cincuenta sombras de Grey no brilla por su calidad literaria ni la versión cinematográfica pasará a los anales del séptimo arte, pero tampoco cada día se escribe En busca del tiempo perdido ni se filma El Padrino. Después de todo, Cincuenta sombras de Grey está a punto de recaudar en todo el mundo 500 millones de dólares. Eso también es valorable. Al fin y al cabo, ése, seguramente, era el principal objetivo de la productora del film. Si lo ha conseguido es porque no ha hecho tan mal su trabajo. Otra cosa será su perdurabilidad en el tiempo.