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Ronda Rousey, la belleza malherida de la luchadora

La belleza, en la lona

Aún estamos frotándonos los ojos. Lo que parecía imposible sucedió. Caíste noqueada, Ronda Rousey. Nosotros, que siempre habíamos admirado esa belleza tuya, imponente y desafiante, tuvimos que ver tu cara abotargada por los golpes, casi irreconocible, derribada sobre la lona como un héroe caído de su pedestal.

Aún estamos preguntándonos de dónde sacó aquella patada la mosquita muerta de Holly Holm. Parecía que había llegado allí, a aquel cuadrilátero de Melbourne, a servirte de comparsa. Ella iba a ser tu decimotercera víctima, la mujer que iba a ocupar el puesto número trece en tu lista de derrotadas. Ahora sabemos, Ronda Rousey, que el 13 es un número gafe para ti. Caíste en tu combate número 13. El cuerpo que, con un respeto lindante con el miedo, tanto hemos deseado, quedó, hecho un guiñapo, a los pies de tu rival.

¿Durante cuánto tiempo no hubiera seguido ella golpeándote si no la hubieran separado de ti? La adrenalina del combate, imaginamos, inyectó a sus brazos una energía que parecía no tener fin y que seguía impulsando a aquellos puños que no cesaban de golpear tu cabeza. O quizás fue el rencor, Ronda Housey. Por mucho que dijeras que tus provocaciones verbales hacia tus contrincantes eran parte del espectáculo, muchas de ellas no te habrán perdonado jamás tus salidas de tono. La historia es tan vieja como el combate o el boxeo. ¿Cuántos púgiles no odiaron a Mohammad Ali por bocazas? ¿Cuántos no desearon verle muerto? Hay quien rumorea que Joe Frazier, su más gran rival, se alegró en lo más íntimo de sí cuando supo del Parkinson que minaba la salud de quien, antes de convertirse al islam, fue Cassius Clay. El boxeo y los deportes de contacto pueden generar esos odios. Sobre todo cuando el rival se convierte en referente de algo por motivos que no tienen que ver en exclusiva con el deporte que practican.

Creemos sinceramente, Ronda Rousey, que en la inquina de Holm al proporcionarte aquellos golpes que te han llevado, dicen, a plantearte muy seriamente tu retirada como luchadora de lucha libre, había algo más que afán deportivo. Creemos que ella, al golpearte de aquel modo brutal tras haberte dejado KO con una espectacular y demoledora patada en la nuca, estaba golpeando la imagen de lo que hasta hace poco has sido: una bella mujer que, pese a su aspecto musculado, no dejaba de excitarnos sexualmente (y mucho) cuando posaba en bañador, tremendamente sexy, en alguna de aquellas playas de la California que la vio nacer. ¡Qué bien has sabido aprovechar tu bella imagen para publicitarte, Ronda Rousey. Hay, incluso, quien compara tus ingresos con los que pueden ingresar en sus arcas futbolistas de la categoría de Leonel Messi o Cristiano Ronaldo. Tú, como ellos, has sabido servirte de tu imagen para incrementar tus ganancias.

El sueño del sumiso

Volvemos una y otra vez, Ronda Rousey, a mirar esas fotos con las que te has publicitado en mil y una revistas, y volvemos a sentir lo que sentimos la primera vez que te vimos lucir así, con poca ropa, prácticamente desnuda, tumbada sobre la arena o sentada muy erótica, vestida con un vestido de punto bajo el que no imaginamos otra cosa que tu desnudez mientras, con unos zapatos de altísimo tacón, iluminas en nuestra mente una imagen que no cesa de perseguirnos en las noches de soledad y que nos impulsa a un sueño de connotaciones inequívocamente sumisas.

Y es que a ti, Ronda Rousey, sólo podemos imaginarte dominando un encuentro sexual, eligiendo la postura, marcando el ritmo, vaciándonos hasta el fin con un ímpetu indomable de guerrera del amor.

Las imágenes vienen a nosotros unas tras otras, todas ellas cargadas con una morbosa dosis de sensualidad. Ronda Rousey desnuda con un látigo en la mano. Ronda Rousey follando con un alguien que se parece sospechosamente a nosotros y que, tumbado boca arriba y atado a la cama, intenta contener la oleada de placer que le trepa piernas arriba y que, en los genitales, se le vuelve pura oleada de incontenible espuma.

Nos dicen que han tenido que reconstruirte un labio partido en dos. Nos dicen que deberás estar 60 días de baja y que 45 de ellos deberás permanecer completamente inactiva, sin entrenar. Nos dicen eso y queremos ser los enfermeros que te cuiden, Ronda Rousey, la mano tibia que te acaricie y te calme, el bálsamo de todas tus heridas. Ya llegará el tiempo en que te recuperes. Cuando eso suceda, seremos lo que siempre hemos sido para ti: sumisos enamorados que aceptarán lo que tengas a bien regalarnos, quién sabe si la visión terriblemente excitante de tus muslos poderosos, quizás la visión en escorzo de uno de tus pechos, recatadamente ocultos tras una de esas manos tuyas a las que tanto tememos y tanto nos excitan.

¿Cómo debe ser una caricia dada por esas manos, Ronda Rousey? ¿Qué sentiría nuestro pene si ellas, convenientemente lubricadas, lo masturbaran mientras nosotros, atados a la cama, tuviéramos que conformarnos con aceptar el ritmo y la presión que esas manos decidieran imprimir a su paja? ¿Cuál sería la intensidad de nuestro orgasmo?

Esas preguntas deberán quedar sin respuesta, Ronda Rousey. Como tantas otras, eres inalcanzable. La respuesta podrá dárnosla, por aproximación, cualquiera de esas bellas mujeres que encontramos en girlsbc.com, girlsbarcelona.com o girlsmadrid.com. Muchas de esas bellas mujeres podrán recordarnos a ti. Esas hermosas y excitantes escorts habrán esculpido, como tú, un cuerpo maravillosamente atractivo a base de horas de gimnasio y ejercicio físico. Seguro que esos cuerpos, nacidos hermosos y cuidados con esmero, se amoldan a la perfección a nuestros deseos más íntimos. Seguro que ellos consiguen hacernos sumisos de su belleza. Y que nosotros encontramos en ellos el camino más directo hacia el más intenso de los placeres.

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