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Marilyn Monroe: mito erótico por siempre y pese a todo

Marilyn: sex symbol eterna

No deberían permitirse libros así. La libertad de expresión debería estar limitada en ese aspecto tan esencial para nuestros sueños como es la creencia en los mitos. Las sex symbols deberían permanecer inalterables en los altares de nuestra iconografía personal e intransferible y al servicio de nuestra incurable y cinéfila mitomanía. Debería prohibirse que nadie viniera a mancillar su recuerdo ni a acuchillar la imagen que guardáramos de esas mujeres que, por hache o por be, se convirtieron un día en el mito erótico de toda una generación.

Los mitos eróticos lo son porque encarnan nuestros sueños y simbolizan, de alguna manera, nuestros deseos más íntimos. Conceptos como los de ecuanimidad o verdad no tiene cabida ni razón de ser cuando se habla de la admiración que los mitos eróticos despiertan en nosotros y menos si esa verdad atañe a un momento tan íntimo como el de su muerte en la cresta de la ola, ese instante que acaba por convertir a un simple mito erótico en un mito eterno. Por eso, porque la verdad no tiene importancia para nosotros, mitómanos incurables y adoradores de la belleza, hacemos oídos sordos a lo que cuentan Allan Abbot y Ron Hast en su libro Pardon My Hearse.

¿Que quiénes son Allan Abbot y Ron Hast y qué tienen que ver sus sucios nombres con cualquier atisbo de mito erótico? Abbot y Hast era dos funerarios que en los años 60 se encargaban de adecentar los cuerpos de las personas fallecidas en un lugar muy especial: Hollywood. Ellos fueron los encargados de adecentar el cadáver de una mujer de 36 años que había aparecido muerta en su cama el 5 de agosto de 1962. Esa mujer se llamaba Norma Jean Baker Mortenson, pero era mundialmente conocida como Marilyn Monroe y con ese nombre ha quedado grabada por siempre jamás en nuestra memoria como uno de los mayores iconos femeninos de la sensualidad y el erotismo de todos los tiempos.

Marilyn Monroe fue la mujer de las curvas inacabables, la rubia despampanante, la mujer que te seducía con la sonrisa y con la carnalidad enloquecedora de sus pechos y sus caderas. Ésa fue la imagen que quedó de ella: la que los estudios cinematográficos de los años cincuenta quisieron plasmar, la de la rubia tonta o un poco ingenua que coqueteaba picarona con los hombres y ansiaba adornarse con diamantes, la que dormía vestida con unas gotas de Chanel nº 5.

Te hemos soñado una y mil veces así: durmiendo desnuda, perfumada con la mítica fragancia que en 1921 creara Ernest Beaux, el perfumista de cabecera de Coco Chanel. Incluso cuando supimos de tu muerte imaginamos que te habían encontrado así, desnuda sobre la cama, perfumada, glamurosa incluso en tu adiós a la vida, cadáver exquisito de un tiempo que daba sus últimos coletazos y avanzaba hacia otra cosa. Ésa es la imagen que siempre hemos querido guardar de tu muerte y ésa será para nosotros la verdadera.

Por eso exigimos que se tomen las medidas oportunas para que lo contado sobre ti por Abbot y Hast en Pardon My Hearse se hunda en la ciénaga de lo que nunca debería haber sido contado. Porque la mentira no debería nunca triunfar sobre la verdad ni siquiera debería tomar apariencia de ella. Y es que tenemos el convencimiento, Marilyn Monroe, de que es mentira eso que cuentan Abbot y Hast de que, cuando te encontraron muerta, reventada de Nembutal, arrancada a la vida por una sobredosis de barbitúricos, con el pelo sin teñir, con las raíces oscuras, el cuello hinchado y amoratado y con las piernas sin depilar desde hacía tiempo, envejecida y dejada, sucia, con unas pequeñas prótesis mamarias dejadas junto a la cama.

Es mentira eso y es mentira también que usaras dentadura postiza. No, Marilyn Monroe, no. Aquella sonrisa tuya no era una sonrisa de dentadura postiza. Tú no eres nuestra abuela dejando su dentadura en un vaso de agua, sobre la mesita de noche. Tú eres y serás por siempre un mito erótico, la mujer que podía hacer perder la cabeza a todo un Presidente católico y adúltero y asesinado y a su hermano no menos católico, no menos adúltero y no menos asesinado, la que merecía la mirada certera y acerada de todo un Truman Capote que descendía desde su Olimpo de periodismo y homosexualidad para describirte como “una adorable criatura”, la que llevaba al altar por igual a dramaturgos y a jugadores de béisbol, la que se intuía frágil y desencantada más allá del fulgor de la pantalla, la que se suicidó o tal vez pudo ser asesinada, la que fue violada cuando era una niña, la actriz infravalorada por el funcionariado machista del star system, la mujer compleja a quien parecía pesarle la máscara de la que era incapaz de desprenderse, la sex symbol con letras mayúsculas y por antonomasia, la eterna Marilyn Monroe tantas y tantas veces imitada por tantas y tantas artistas y a la que desde aquí queremos recordar como un monumento eterno a la sensualidad y al erotismo, a ese erotismo que es y será el eje sobre el que siempre girará esta página.

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